Un comentario de Manuel Pimentel me llama la atención sobre la frase pronunciada por un joven estos días. Se refería a su situación generacional, a las dificultades de vario tipo que se oponen a su desarrollo y, en definitiva, a la razonable impresión de que, de seguir así las cosas, los hijos de hoy vivirán peor que vivieron sus padres ayer: “Queremos vivir como nuestro padres”, decía el joven, no mejor ni peor, sino como ellos, conservando el nivel que el controvertido pero siempre presente mito del progreso les ofreció a aquellos para negárselo a sus descendientes. Es verdad que no es nueva la impresión manriqueña de que los tiempos presentes –los de todo momento histórico—son peores y más degradados que los que les precedieron, algo curiosamente paradójico puestos a componer la contradicción entre el evidente avance de la evolución material y esa suerte de mal del ánimo que nos hace volvernos con nostalgia hacia el pasado. Hoy, sin embargo, la frase de ese muchacho me parece que penetra mucho más hondo en el dilema puesto que, siendo cierto que las condiciones materiales mejoran a ojos vista de manera innegable, también lo es que la suerte de las nuevas generaciones han sufrido por doquier un duro golpe del que a sus afectados y nosotros, como espectadores, nos resulta difícil dar razón. Con más riqueza que nunca, con mayores recursos vitales que en cualquier tiempo pasado, con un paisaje riente ante nuestros ojos perplejos, la verdad es que todos sabemos que nuestros vástagos lo van a tener crudo, en general, a pesar de sus muchos esfuerzos y de los nuestros. Nunca existió una generación más preparada –suele decirse—y probablemente sea cierto al menos en parte. El enigma está en cómo entre todos hemos hecho un mundo que le niega a nuestros hijos incluso lo que a nosotros nos ofreció. La verdad es que le hemos dado todas las opciones posibles para la rebeldía a la generación más mansueta de los últimos tiempos.

 

Demasiado sencillo culpar a los padres arrojándoles a la cara la culpa de su tolerancia, casi tanto como dramatizar el acomodo de los hijos apalancados de modo muelle entre los intersticios de un sistema patriarcal debilitado en extremo. Ni siquiera creo que tenga sentido responsabilizar al Estado que, al fin y al cabo, no ha hecho sino ejercer su superestructura de un dudoso momento de la convivencia humana. Acaso pueda decirse, en fin, que este traspiés generacional –que ni es el primero ni ha de ser el último—haya que endosárselo a un cambio tan brusco del Sistema que no ha permitido siquiera la reproducción  tradicional de las estructuras sociales. Parvo consuelo, ciertamente, pero menos da una piedra.

3 Comentarios

  1. Creo que vamos a dejar a nuestros hijos un mundo decididamente mejor, más libres, pero mñas complejo y más diícil. No todo el monte era orégano. M etyemno que lo hemos descubierto un poco tarde. Sobre todo para ellos…

  2. Nunca imaginé que mis hijos ppudieran vivir peor que yo… a la larga, al menos durante la vida activa. Pero parece clarom que hemos fracasado como generación y les henmos dejado una sociedad difícil, más difícil incluso que la que nosotors hubimos de aceptar.

  3. Pués yo sí, don Marción: el mundo que les dejamos a nuestros descendientes es peor que el nuestro, y eso se debe , en mi opinión, a nuestro egoismo, al crecimiento de la población y a nuestra falta de previsión. El otro día ví une peli que muchos de ustedes habrán visto hace tiempo ya y es Babel, y me chocó que la sociedad más angustiosa, donde se me hacía más angustioso vivir era la de Tokio y no la mejicana o la marroquí, a pesar de la pobreza y de la violencia física presente mucho más en Marruecos y en les EE.UU que en Japón.
    El mundo en el que mis hijos deben abrirse camino es mucho más duro que el de mis años mozos, sin comparación.
    Un beso a todos.

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