Dicen que ha sido la nostalgia –ése equívoco caleidoscopio—la causa de la vuelta de los Marcos a Filipinas. ¡Qué asunto curioso éste del destino de los hijos de su padre,y qué aleccionador! Repasa uno esa nómina y la verdad es que no da crédito ante el insólito desfile de unos herederos que rara vez alcanzan a la sandalia del progenitor. Valle-Inclán retrató su arquetipo en la figura inolvidable de “Cara de plata”, el último Montenegro de su odisea gallega, pero esa ralea es tan vieja que en ella caben desde el hijo tutelado de Alejandro al infortunado “Aguilucho” napoleónico pasando por el “Cesarión” que Julio le endosó a Cleopatra. Y resulta tan curioso como pedagógico el destino entre regalado y fallido de la mayoría de ellos.
Este Marcos II, heredero de la rapacidad y los crímenes de su padre aparte de la incontable zapatería de mamá Imelda, llega millonario a la oportunidad, uno más en la estela de Svetlana Stalina, la hija del monstruo y también potentada aunque consorte, o la nieta ricacha de Mao junto a la hija latifundista del genocida Pol Pot, dueña de un imperio arrocero sobre el cementerio de papá. Pero las únicas dinastías contemporáneas que han cuajado hasta ahora, fuera de la que coronó en Nicaragua Tachito Somoza, han sido la de los Bush (a guerra por barba), la breve y guantanamera de los Castro o la de los Trudeau en Canadá, porque las demás –el hijo de Idi Amín, la nieta europeísta de Mussolini, el hijo memorialista de Batista o la vástago piadoso de Pinochet– no han pasado de ser flores de un día. Hubo uno divertido a fuer de extravagante, y fue el haitiano Duvalier, el niño del temible Papá Doc, a quien –según rememora el humorista Saltés evocando su emigración—la siniestra policía política de papá, los “tonton macoutes”, despejaban a diario las precarias carreteras del país para que el príncipe probara sin problemas de tráfico el reprís sus veloces prototipos.
A este Marcos de recuelo lo conocen sus votantes como “Bongbong”, la verdad es que no sé por qué, parece que enternecidos por al dichosa nostalgia de una generación que no recuerda ya la ejecutoria infame de su padre ni parece incómoda ante la exhibitoria fortuna acumulada por la familia en aquel país de miserias. La memoria es tan flaca como novelera es la amnesia, está visto: han bastado unos decenios –¡e Internet!—para extirpar por completo el rastro de unas atrocidades que antier, como quien dice, conmovieron al mundo. La democracia, qué duda cabe, implica estos riesgos y el arcano destino hace el resto. Los españoles no somos conscientes de la suerte que supone no tener pendientes con los herederos de nuestro dictador más que el rifirrafe artificial de una tumba y el insignificante pleito de un pazo.

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