Los franceses se han rendido a Zidane. Dicen de él cosas extraordinarias, desde que es la esperanza de los marginados –su antigua casa en la ‘banlieu’ va siendo ya un santuario—hasta que ha sido el factor patriótico más eficaz después de De Gaulle, e incluso que, en cierto modo, representa en el imaginario galo a la divinidad secularizada, al dios nacional y cívico dispuesto a compartir la peana con la diosa Razón. La locura. Dicen las encuestas que semejante entusiasmo se debe, en especial, a la estima de la población madura que se había visto concernida por las críticas a la edad de la selección y los ingenuos desdenes al ocaso de ‘Zizou’, pero las imágenes que nos llegan desde allá demuestran que el arrebato afecta también –y uno diría que especialmente—a esos jóvenes travestidos simbólicamente con los colores nacionales que acampan en el paisaje de la actualidad desde que se produjo el triunfo sobre España. Se habla hasta de ‘zidanmanía’ en un ambiente exaltado que, curiosamente, posterga a los demás protagonistas a un segundo plano: el lugar del héroe es exclusivo. Pero por el envés de estas pasiones se exhibe estos días la siempre cuestionada figura del coronel Lawrence, el ‘Lawrence de Arabia’ inventado por la mitografía oficial que manejan como nadie los servicios secretos, el héroe de la rebelión nómada que ahora resulta que fue un traidor en toda regla a sus hermanos de adopción, a los que condujo a la victoria para hacerle el trabajo sucio a los colonialistas a sabiendas de que a éstos jamás se les pasaría por la cabeza respaldar la causa de la independencia árabe. Los hombres necesitan héroes y por eso los crean y destruyen, los exaltan y olvidan según las circunstancias. Santana es hoy una reliquia en Winblendon, ‘Miguelón’ Indurain una sombra olvidada, Legrá un juguete roto. La voracidad del imaginario es proverbial, nuestro metabolismo, implacable.

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El héroe es una necesidad, no un lujo. Los antiguos, desde Hércules a san Jorge, responden a algo que sabe bien la arqueología actual, a saber, que las murallas de las ciudades eran saltadas una media de cuatro veces por siglo. Josué en Jericó fue uno más, a salvo el hecho de que consiguiera mejor prensa, pero no hubo ciudad sin héroe (ni sin dios protector) a partir del neolítico. Un ingeniero con ángel, Luciano de Crescenzo, experto en mitografías, inició uno de sus libros con una pregunta inolvidable: “Si tuvierais que daros un paseo por la jungla, ¿a quién elegiríais como acompañante, a Umberto Eco o a Rambo? Y la respuesta sería unánime: “¡A Rambo!”. Ya sin murallas ni dragones, los héroes se han urbanizado y viven entre nosotros, es decir, en el telediario. El heroísmo es el paso ideal a otra dimensión, a otro mundo del que, como quería Toynbee, el héroe ha de volver como maestro de experiencia, pero en realidad, la materia heroica no es otra cosa que la proyección del hombre corriente sobre el paisano que portentosamente ha superado esa condición. En la periferia de Paris, racimos fracasados de jóvenes inmigrantes se sumergen en la visión lustral de ‘Zizou’ para salir de ella con la ilusión de haber sido redimidos. Y en ese sentido es posible que haya que agradecerle tanto como reprocharle al héroe su involuntaria contribución al consenso, el efecto ‘integrador’ de su ejemplo, su aportación contra el apocalipsis. Los héroes nacen, crecen y mueren. Zidane, por ejemplo, ha nacido coincidiendo con la agonía mitográfica de Lawrence, pero también a él le llegará la hora del olvido cuando el río que nos lleva lo abandone entre la barrena de la desmemoria. Que lo abandonará. ¡Zidane un dios nacional! Como Platini o Lizarazu, más pronto que tarde no será más que otra sombra en el borroso Olimpo de la desmemoria. Leo que en Brasil apenas un diez por ciento de la ‘torcida’ recuerda ya la delantera de Pelé y Garrincha. No veo por qué habría de ser de otra forma en un mundo que apenas conoce de Alejandro los camelos de la digital.

1 Comentario

  1. En las Tres Mil Viviendas de Sevilla los héroes viven de la heroína. Cuestión de género. Un chaval de quince años que ve el éxito social de otro un poco mayor que él que ya está introducido en el tráfico de estupefacientes sabe perfectamente quién es su héroe y a quién debe imitar. Y en Sevilla ha desaparecido el top-manta, que afecta a las casas discográficas, pero no hay indicios de que suceda lo mismo con el género “gorrilla” o aparcacoches volutario, que nutre con frecuencia a los héroes de la heroína. Ya dijo un fiscal que los héroes se pueden seguir aquí por sus lujosos automóviles, de los que la mayor densidad se encuentra en las citadas Tres Mil Viviendas. Pero es un tema que no afecta a las multinacionales y no parece que haya interés en que dejemos de tener los coches protegidos para que puedan vivir los héroes. Perdonen la digresión, pero, como dice el maestro, los héroes son efímeros, y se pueden sustituir por otros. Los valores son recambiables y ahi personas que, en medios tan difíciles como el citado, luchan por conseguirlo. Por lo que pido apoyo para ellos.

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