Estoy convencido de que no habrá acuerdo, finalmente, entre la opinión de quienes ven en ese excolaborador de la CIA –doscientos mil dólares de soldada, por cierto—que ha filtrado los sensibles secretos de Estado, la figura de un traidor temerario, y quienes, en cambio, en él creen distinguir los rasgos morales del héroe carlyleano. La moda en cuestión es, ciertamente, peligrosa se mire como se mire, en la medida en que la seguridad de ese Estado queda expuesta al público sin mayor consideración, pero enseguida ha surgido el debate en torno a la cuestión moral: ¿justifica el imperativo moral de defender las libertades esenciales del individuo la vulneración del deber de custodia de los secretos en cuestión, o por el contrario, el vulnerador es reo de alta traición puesto que expone a los ciudadanos, entre otras amenazas, a las garras del terrorismo? En EEUU dicen que si estos debeladores hubieran surgido antes de la muerte de Bin Laden es posible que la condena hubiera sido unánime y vehemente, en la medida en que esa muerte ha logrado exorcizar, siquiera de manera subliminar, el miedo colectivo, pero que en una situación de expectativa pública tranquilizada, lo más probable es que el ciudadano se aferre al viejo argumento republicano que sitúa a la libertad por encima de cualquier otro logro. Eso de “prefiero la injusticia al desorden”, que dijo Goethe, funciona divinamente en una atmósfera de terror e inseguridad, pero deja entrever su meollo reaccionario cuando las cosas está más calmas. Verán cómo ni la sangre de Snowdon ni la del soldado Manning llegan al río. Habrá que hacer el paripé, por supuesto, pero Obama sabe a estas alturas que a su grave secreto le han levantado la falda.

No hace tanto que no hubiéramos imaginado la virtualidad de la utopía de Orwell que, en tan poco tiempo, ha hecho posible el avance tecnológico. Y es evidente que la “razón de Estado” va a maquiavelizar, en la medida en que pueda, la vida privada de los pueblos. Lo que se ha descubierto, en fin, no es que ese Estado tenga malas prácticas –¿qué Estado no las tiene?—sino que ha estirado temerariamente ese margen de discrecionalidad del que todo Poder tiende a abusar. ¡Estábamos sin saberlo –es un decir—en un planeta controlado hasta un punto inimaginable hasta hace poco incluso para la ciencia-ficción! Ni Snowdon ni Obama son héroes o lo son ambos para el ciudadano que se sabe espiado hasta en el cuarto de baño.

3 Comentarios

  1. El Collateral Murder se podría filmar en todas y cada una de las guerras que han sido, son y serán. Que existan, y sepamos que existen, es un cuchillo de doble filo que no se puede dejar en cualquier mano.

    Aún sigue en vigor que el helicóptero Cougar en Iraq –creo que murireron diecisiete españoles, todos los que iban en él– fue derribado por el viento. Matínez inglés, que próximo a la ochentena sigue publicando libros, podría ser nuestro soldado Manning. M.Inglés da pelos y señales de cómo fue la realidad.

    No es lo mismo, claro, que develar el contenido de las jugosas cintas de audio grabadas con conversaciones telefónicas entre JC y su muy amiga B. R. (la Bella del Rey), que los servicios de inteligencia españoles obtuvieron. Más o menos el Happy birthday de MMonroe a JFK.

  2. Reflexión sobre el bien y el mal y sobre el bien común.
    La verdad es que no sé en qué lado meterme. Como soy una simple individua supongo que del lado de la moral pero entiendo que si tuviese que velar por el bien común sin duda otro gallo cantara.
    Besos a todos.

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