Muy mal deben de andar las cosas por la cancha laboral cuando quienes aspiran a jugar en ella se postulan amparándose en currículos en los que, en vez de amplificar los méritos, como venía siendo hábito inveterado, los disimulan o rebajan con tal de no exceder el nivel de exigencia de la oferta. Los mismos que hasta antier inflaban sus biografías atribuyéndose capacidades y títulos hiperbólicos o incluso falsos, hoy se afanan en disimular los reales como recurso para no pasarse en un escrutinio que, por experiencia saben de sobra, que huye de la sobrecalificación como de la peste. En la sociedad vieja, la de la dictadura y sus tiempos oscuros, la leyenda hablaba de abogados que conducían autobuses forzados por la necesidad y grandes profesionales que apuraban sus vidas en puestos subalternos, y no pocos indicios sugieren que estamos volviendo a ese despilfarro sólo que ahora son los propios “degradados” quienes perpetran la degradación temerosos de que una capacidad mayor provoque el rechazo del mercado. Claro que en aquel tiempo peor nunca se supo en realidad cuántos parados reales había en el país mientras que hoy sabemos que esa legión supera holgadamente los cuatro millones y, por si fuera poco, que la mitad aproximada de ella, es decir, dos millones mal contados, son esas víctimas que se conocen con el eufemismo de “parados de larga duración”. En una sociedad que reclama con insistencia la formación del trabajador y relaciona su productividad con sus capacidades, se da la paradoja de que para encontrar un puesto de trabajo haya que fingir niveles inferiores si se pretende ser admitidos. Antes, el abogado de la leyenda se arrimaba al tajo una vez desestimada su cualificación en el nivel correspondiente; hoy se va derecho al listero escondiendo con pudicia las credenciales de la valía demostrada. Es difícil imaginar una sociedad más desorganizada que aquella en la que ocurra algo semejante.

 

La crisis ha degradado nuestros mecanismos de ajuste social hasta el punto de invertir los criterios de selección del personal haciendo que los méritos se conviertan en una rémora a la hora de competir con quienes carecen de ellos, y es preciso ver en esta circunstancia un serio obstáculo a la misma recuperación económica, aparte de admitir que una estrategia bajista en la contratación no hará más que descapitalizar a la sociedad alejando, por si fuera poco, toda opción a la meritocracia. ¡Tener que rebajar los méritos para que te den el puesto de trabajo! Ni el sistema podía caer más bajo ni encontraremos un indicio más desolador que éste por más que busquemos en nuestro laberinto laboral.

6 Comentarios

  1. Muy mal andan las cosas, no lo dude, y lo demuestra bien el caso que nos cuenta que, por cierto, anoche mismo era comentado ne TV: se ve que está usted vigilante. Esta degradación volunmtaria pero impuesta en el fondo, conduce a un modelo de sociedad empobrecida y raquítica. El fracaso del Sistema se ve claro: los profesionales tienen que “tranquilizar” a las empresas ocultándoles sus méritos. No se puede imaginar un absurdo mayor y más preocupante.

  2. esta visto. Lo que me desespera es que ningún poder político parecer haber comprendido lo que hay que hacer, al reves , por lo menos aquí en Francia siguen legislando como si tal cosa, como si nada hubiera pasado… Es realmente desesperante…..
    Es que no escarmentamos. Lo que pase nos lo tendremos bien ganado…..

  3. Es la cosa más triste que nos ha contado últimamente, la demostración del fracaso no sólo de un país en crisis sino del Sistema que sostiene todo el tinglado mundial, porque supongo que por ahí ocurrirá tres cuertos de lo mismo.

  4. No sé cómo pedir a los alumnos atención y esfuerzo si ellos saben lo que les espera en un país como el que describe la columna. La expectativa es fundamental para el estudiante. Si le decimos que sus méritos y títulos serán un obstáculo para encontrar trabajo, ya me contarán que se puede esperar. Estas cosas deben ser tenidas en cuenta al hablar del fracaso educativo, del absentismo y demás.

  5. Cuseta entender las razones que pueda tener un empresario para preferir al más ignorante, y más qué puede explicar su recelo a la hora de elegir a su empleado. ¿Teme excesiva conciencia, mayor capacidad de exigencia de los derechos del trabajador, prefiere a gente tan humillada que empieza por esconder lo que sabe? Creo que cada una de esas preguntas deberían hacernos llorar, pero de justificada ira.

  6. Me entero por sus periódicos de que el nivel de educación de muhcos políticos de primera fila es bajo o nulo, mientras que el de nuestros hijos (no hablo de los míos, qque llevan lo suyo, los pobres) se des`recia por la propia empresa que tendría que ser, digo yo, la más interesada en que su trabajadores fuera gente mientras más capaz mejor. No entiendo nada. ¿Es que estamos viviendo en un país colocado la revés?

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