El jeque que preside los Emiratos Árabes acaba de financiar, junto a Abu Dabi, un experimento científico para provocar la lluvia en pleno desierto o, al menos, en zonas limítrofes al secarral, y lo ha hecho con tanto éxito que parece que ha logrado provocar cincuenta y dos tormentas durante el verano pasado. No se trata de un recurso mágico, ni siquiera de una intervención mística como la famosa del “hacedor de lluvia” que el misionero le contó al maestro Iung, sino simplemente de un experimento que consiste en instalar en la zona elegida cierto número de ionizadores gigantes –como “inmensas palmeras de hojas metálicas”, describen poéticamente los entusiastas—capaces de emitir a la atmósfera millones de partículas ionizadas que, en ambientes dotados de una humedad no inferior al 30 por ciento, provocarán su asociación con granos de polvo que, a su vez, al impregnarse de agua, provocarán su caída en forma de lluvia. En los años 70, sobre todo, funcionó mucho el proyecto de provocar la lluvia a base de sembrar las nubes con yoduro de plata, pero en el caso que comentamos la novedad está en que la lluvia se pretende provocar como se ha visto, en plan “más difícil todavía”, allí donde no hay ni rastro de nubes. Ya veremos. Eso sí, si el procedimiento no será aplicable en regiones profundas del erial, allí donde la sequedad es máxima y no existiría la posibilidad de producir el efecto descrito, pero en el caso de que el plan funcione o acabe perfeccionándose no cabe duda de que algo trascendental habrá cambiado en la historia de la especie, sobre todo teniendo en cuenta que, según los actuales gestores del invento, la técnica milagrosa resulta decididamente más barata que, por ejemplo, el recurso a la desalinización. Cuesta imaginar un mundo emancipado de la sequía casi tanto como arrinconar sin remedio el imaginario mítico que en todas las culturas ha regido la lógica providencial de la lluvia.

 

Puede que haya que acabar inscribiendo el nombre de ese califa en el libro de las grandes memorias, porque una lluvia por completo desvinculada de la voluntad divina y a plena disposición de la voluntad humana, constituye una novedad radical para nuestra crédula especie. Lo que una vez más nos lleva a la idea de que el progreso del saber, y en especial estas convulsiones tecnológicas, acabarán forzando una revolución en las teodiceas en la que justificar a Dios echando mano de un aguacero habrá perdido su antiguo sentido. En Egipto no llovía y en Israel sólo cuando Dios, como dice el Deuteronomio, enviaba la lluvia “a su tiempo”. En Abu Dabi esas partículas ionizadas han abierto un tema nuevo en la historia de lo “real maravilloso”.

2 Comentarios

  1. No me digan a mí que no jugamos a aprendices de brujo. ¿Cómo no va a tener repercusiones negativas esa técnica, y qué hay peor que el jugar a ser Dios?
    Besos a todos.

  2. Pepe Griyo
    Pues sí, doña Sicard, si el sistema es económicamente rentable no acabará con las sequías sino que las cambiará de sitio, generando nuevos desequilibrios y posiblemente nuevas guerras.

    ¿Cuánta energía será necesaria para vaciar de agua al atmósfera de Abu Dabi y a costa de que no llueva en otros lugares?
    Si se generaliza el invento habrá un aumento desmesurado de emisiones de CO2 que acelerará el calentamiento global que no es ninguna broma.

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