En un espléndido discurso sobre la pretensión de intervenir en las lenguas que muestran ciertas instancias políticas y algún que otro cenáculo lugareño, el profesor Antonio Narbona nos ha resumido, en la Real Sevillana de Buenas Letras, la miseria filológica de estas guerras de palabra, activa retaguardia de la vanguardia disgregadora emanada de ese mismo esencialismo de raigambre idealista que es nuestra peor herencia romántica. Narbona ve con serenidad pero con enojo el batiburrillo sostenido por los  regionalismos que en Cataluña multa con mil doscientos euros a un comerciante por mantener un cartel con la leyenda “Prohibido fumar”, que obliga a un Académico de la Lengua como Pere Gimferrer a incluir una justificación por dedicar un libro en español, o que en el País Vasco haya dado lugar a los tremendos aunque cómicos aranismos que Juaristi supo elucidar de manera irrebatible en “El bucle melancólico”. El debate sobre Lalia, como diría García Calvo, ha alcanzado cotas soberanas en reivindicaciones como la del aranés, la porfía del bable o la guerrilla de las numerosas modalidades del asturiano, pero ninguna acaso como la manifiesta en esa “Primera Gramática Ehtremeña” dedicada “a la mehol ehposa, a la mehol madri”, o la traducción al murciano del “Estatuto d’ Utonomía e la Región e Murcia” debidos al director de la “Ajuntaera pa la plática, el esturrie y el escarculle de la llengua murciana”, comparable si acaso a las necedades de los activista de “Aición pol cántabru”, empeñados en que “cualesquier momento es güenu pa escomencipiar a emburriar pola dinificación de la llingua cántabra, d’ensimentar el argullu enti la muestra genti, de salir a la luz desigiendu pal quien parla y quitar el miéu a parlar”. En Asturias han impuesto úes sobre las oes finales de los topónimos hasta en las aldeas, pero no sé de qué nos extrañamos cuando nuestra ministra de Exteriores –seguro que huyendo de “rasgos de escaso prestigio” como la volubilidad andaluza ante el dilema entre el ceceo y el seseo—ha decidido por su cuenta pronunciar siempre la ese implosiva, verosímilmente más glamourosa a su juicio.

Narbona nos ha recordado el modo incontinente con que Gregorio Salvador, el gran lingüista, zanjó una conjura de necios que querían “normalizar” nuestras hablas andaluzas con una frase lapidaria: “Los que quieren normalizar el andaluz son unos imbéciles”. Y no se habló más. Todavía ha habido dudas entre los padres postizos de nuestro nuevo Estatuto o entre los dirigentes de la TV autonómica, pero todo acabó siempre en agua de borrajas. Nada más legítimo que tratar de optimizar el acento. Nada más miserable que tratar de ocultarlo o de imponerlo.

4 Comentarios

  1. íPero qué ridículo, qué papanatas, que retr♀grados! Unos están tratando de salvar Europa y ellos luchando por el acento de su terruño§ Cuando despierten los Ingleses les pondrán de acuerdo….Cretinos….

  2. Comparto su indignación, doña Sicard, pero en España cada día hay más imbéciles, sin contar con los políticos que venden su alma por conseguir un voto o una subvención.

  3. Tranquila, Madame, que eso suelñe suceder cuando el autor se ausenta por unos días y el grupo más asiduo lo sabe. En cuanto a lo de hoy sobran comentarios. Hay demasiados bobos. No merec la pena otra cosa que denunciarlos como hace jagm.

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