Hablábamos el otro día aquí de la decisión de Obiang, el sátrapa de Guinea, de sustituir el uso de la lengua española por el portugués, condición que juzga conveniente para su ingreso en la comunidad lusitana. Hoy hemos de hacerlo de Gambia –uno de esos “no países” de que habló creo que era Raymond Roussel–, cuyo tirano, Yahya Jammeh, que desde hace más de tres lustros gobierna su feudo con mano de hierro, ha decidido prohibir el inglés, su lengua tradicional, por estimar que es un legado colonial que no merece más que desprecio dado que las metrópolis colonizadoras no sólo no buscaron el desarrollo de sus colonias sino que –y hasta ahí lleva más razón que un santo– se dedicaron a saquearlas. Jammeh no tiene decidido aún cuál de las lenguas locales sustituirá al idioma depuesto ni cuándo entrará en vigor su disposición, si es que entra, porque es algo conocido que en su mandato ha habido muchas iniciativas extravagantes que luego simplemente se han dejado caer en el olvido. Los occidentales no somos del todo conscientes –aunque sí responsables—de la realidad africana, de que haya países como Gambia reconvertidos en corralito de un aventurero que, en este caso, como los viejos reyes franceses que historiara Marc Bloch, se atribuye poderes sobrenaturales y, en particular, capacidad sanadora de toda clase de morbos, Sida incluido, aparte de mantener un  régimen sangriento en el que la disensión no tiene cuartel y en el que, por ejemplo, se invita a los ciudadanos a “matar como perros” va los homosexuales. Jammeh es un tenientito con baraka y nosotros los occidentales, responsables históricos y actuales de esas tragedias, unos babiecas que contemplamos como exótico lo que no deja de ser una responsabilidad relativa de todo el orden internacional.

 

No han faltado observadores en nuestra área privilegiada que han considerado que la cuestión del cambio de lengua, tan inverosímil en cualquier caso, no deja de tener algún sentido si se piensa que toda nación moderna ha debido partir del establecimiento de un idioma propio, palanca de su evolución civilizatoria. Un argumento que me resulta extravagante por referencia a una zona en que lo menos inverosímil para el caso sería el suajili, el lingala o el malinké, “lalias” primitivas y elementales respecto a las lenguas desarrolladas. Escucho a algún comentarista decir que en Gambia el poder se abisma en la paranoia mientras se impone el silencio a rajatabla. No poco conmovido, pienso que más a mi favor.

3 Comentarios

  1. No olvidemos que Zambia fue Rhodesia del Norte como Zimbawe fue Rhodesia del Sur. Que es vecina de Moçambique y de Angola. No dudaría yo en aplaudir que adoptaran como idioma el portugués, tan vecino nuestro y tan hermano como el gallego.

    Ciertamente no prohibiría el inglés, pero iría arriconándolo al máximo. La comunidad lusitanohablante me parece de más categoría que el chau chau de los imperialistas.

    Claro está que esto no es sino una divagación de un viejo medio chocho. Pero a veces el corazón tiene razones que la razón…

  2. A pesar de su pascaliana frase, don Epi, baluarte de este casinillo sin ninguna duda, creo que el autor lleva razón al extrañarse de que un país en ciernes como si dijéramos tira por la borda una lengua hoy universal, una auténtica koiné, para echar mano de otras que lo aislaría aún más del mundo civilizado. Esos jefecillos todo poderosos, cada cual con su fortuna en Suiza y el dedo siempre en el gatillo, están hundiendo África en un abismo sólo comparable al de su ignorancia.

  3. No hagamos chistes con cuestiones tan delicadas, aunque por fuera parezcan banales. Abismar a un país africano en una lengua tribal sería tanto como romper amarras con la civilización y eso no sería gratuito. Probablemente los mercachifles que saquean las riquezas de esos países se encontrarían más cómodos todavía si aquellos pueblos no pudieran ni hablarles.

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