La polémica actual sobre el homenaje u homenajes a Blas Infante en el aniversario de su fusilamiento es algo inimaginable en cualquiera de las autonomías serias que mantienen un referente histórico –razonable o no, auténtico o imaginario– consagrado, por si fuera poco, en sus Estatutos. ¿Imagina alguien un espectáculo semejante en el País Vasco a propósito de ese extravagante personaje que fue Sabino Arana? ¿O a los partidos e instituciones catalanes cuestionando alguna de sus figuras igualmente mitificadas y dándoles la espalda entre todos? A Blas Infante lo trajeron por los pelos al santoral autonómico los mismos que no creyeron en la autonomía hasta que se vieron encima aquel tren imparable, y los mismos que, por descontado, jamás creyeron en él fuera de la escena política. Eso explica estos despropósitos y unas trifulcas que no hacen sino dejar en evidencia la escasísima voluntad autonómica que, por otra parte, tantas veces se ha manifestado en otros ámbitos y circunstancias.

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