Habanera imposible

Justo cuando la dictadura castrista deja paso a un delfín post-generacional, llega desde la vieja Rusia la dudosa oferta de ayuda formalizada como su mejor disposición a “contribuir a la modernización” de Cuba. Allá por la Navidad del 92 fuimos allá, acaso todavía con la esperanza de encontrar sobre el terreno nuevos argumentos para mantener nuestro cordial apoyo a aquel brillante pero frustrado ensayo revolucionario. En el aeropuerto me entretuvieron horas mientras los aduaneros cavilaban no sé qué amenazas y en el histórico hotel en el que nos alojamos descubrimos pronto el fracaso del estatalismo cristalizado en el trato distante de los empleados-funcionarios y en la miserable escasez del famélico desayuno. Los programas de la tele oficial nos adoctrinaban incesantes con el sermón de las bonanzas del “régimen”, la exuberancia de la zafra y el imparable progreso de una hermandad cívica que desmentía a ojos vista el paisaje humano. Cuesta abdicar de las viejas lealtades, es cierto, pero ante la evidencia, resulta obligada la abdicación si uno no es un fanático. Abdiqué, con dolor de corazón, por supuesto, para dar paso a un sentimiento fraterno que conservo al día de hoy. Nada me ofrecía ya una Cuba en la que los cubanos no podían acceder a los hoteles ni siquiera invitados por los turistas y en la que tantos desilusionados nos “jineteaban” para conseguir un plato de “ropa vieja” en la Bodeguita del Medio o un psicodélico daikirí en “Floridita”, a la sombra de Hemingway.
Más de un cuarto de siglo después leo que la “santa Rusia” sucesora de la URSS ofrece a Cuba su apoyo para sacarla del atraso más de medio secular y arrastrarla a una dudosa modernidad, se supone que lejana ya del monocultivo y los racionamientos, aunque ignoramos en qué fórmula salvadora. Se viene la memoria la cuarteta barroca: “El señor don Juan de Robles,/ de caridad sin igual,/ fundó este santo Hospital, pero antes hizo los pobres”. Porque han sido sesenta años de abulia y burocracia, de voluntarismo insensato y de ambiciosa ceguera, los que ha vivido arrastrado ese pueblo al que hoy sus propios “aliados” consideran fuera del tiempo.

En aquel tiempo, los visitantes compensábamos el hermoso purgatorio de la Habana con una estancia reparadora en el paraíso reservado de Varadero, donde te llevaban servicialmente la copa hasta el lejano cocotero bajo el que te acogías mientras contemplabas el agua clara y tibia del Caribe. Más o menos como nos ocurría en aquél Moscú en el que la bandera roja ondeaba artificialmente sobre el mausoleo de Lenin. Lo recordamos hoy estupefactos tras oír esa cínica oferta de la Rusia mafiosa.

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