Una voz nueva, hay que reconocer que sugestiva, invade nuestra conversa diaria: algoritmo. No hay invento fenomenal que no se deba, al parecer, al uso de un algoritmo ideado por los sabios. La inmensa mayoría no sabe a ciencia cierta qué cosa sea un algoritmo, pero parece que da igual en la medida en que su uso normalizado –sobre todo por el telediario– lo incrusta en el habla corriente. ¿Pero qué es un algoritmo? Ah, eso es ya otro cantar. He oído que, a pesar de su empaque científico y de haber sido inventado el concepto por un moro sabio (aunque, de creer a Menéndez Pelayo, nuestro lejano Juan de Sevilla escribiera ya su “Liber algoritmi”), un algoritmo podría ser la regla de multiplicar que ya no se enseña en la escuela, una receta de cocina o unas instrucciones papirofléxicas, ya que, en fin de cuentas, su definición habitual no pasa de avisarnos de que se trata de un conjunto ordenado y finito de operaciones para resolver algún problema.

Hombre, uno no se quejaría de este abuso –como, en su discreta ignorancia, no se queja de otras flores jergales– si no fuera porque el término se ha convertido ya en un leiv motiv agobiante, responsable, por lo que se dice, lo mismo del plan de vuelo de un satélite que del hornado de una hogaza, siempre a la sombra, eso sí, de otros conceptos invasores, como la orwelliana “inteligencia artificial” o el fantasma de los “big data”.

Vale, uno es un lego al que desborda la cháchara de la postmodernidad, pero, oigan y créanme que los expertos no se quedan cortos cuando dicen –como un “chief data scientist” nada menos–  que, según qué instrucciones, la “entrada” de un algoritmo podría ser (sic) la carne picada, el tomate y la pasta, siendo la “salida” la lasaña perfectamente gratinada. ¡No es coña, palabra! Pero verán lo que sostuvo hace siglos un español olvidado, el jesuita Hervás y Panduro –“uno de los hombres más sabios que ha producido Europa”—, reinando sin duda en cuitas similares: los hombres, queriendo dar perfección a los idiomas que hablan “han inventado palabras que no expresan ideas, sino que solamente pueden servir para ilustrar las ideas de otras palabras… No solemos tener ideas sino de las palabras que sabemos…”. En fin, confieso que no me extrañé, hace un par de años, cuando me enteré de que el Gobierno, con la que estaba cayendo, había creado un comité “para domar” los algoritmos. ¡Falta haría! Y me acordé del pobre don Quijote, tan discreto en su locura, predicándole al escudero: “Llaneza, Sancho, que toda afectación es mala”.

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