Lo único real, indudable, de las guerras son sus efectos, sus imágenes desgarradoras, sus desoladas perspectivas. Una mujer que se cubre la cara para no ver lo que no resiste, un hombre que abraza el cadáver el hermano caído: ‘eso’ es la guerra. Sobre las causas se hablará en círculo, se opondrán tesis, pero no se llegará, probablemente, a un acuerdo. Es difícil creer que el atentado de Sarajevo, así, sin más, desatara la estúpida primera Gran Guerra. Sobre el enfrentamiento entre tutsis y hutus se nos propone ahora la hipótesis de que, en realidad, lo que la matanza escondía era la lucha internacional por el coltán, ese mineral estratégico imprescindible para los satélites o para nuestros teléfonos móviles. Cualquiera sabe. Las guerras se sabe oscuramente como empiezan y mejor cómo terminan pero rara vez se conocen sus causas. Lo de Osetia, por ejemplo, es un  rompecabezas clásico como lo de la invasión de Georgia es un  clásico militar, toda vez que los territorios en cuestión forman parte del famoso laberinto estaliniano, ese perdedero transcaucásico siempre decisivo desde la perspectiva estratégica y hoy también desde otras varias, pues la actual Georgia es un raro milagro occidentalista surgido como un tumor en la cadera de Rusia, una nación dirigida por una nueva clase en la que abunda el yuppi estudiado en Harvard (como el propio presidente Saakachvili) y admiradora de Georges Soros, pero que ha elevado significativamente su presupuesto militar multiplicándolo por más de 30. Es probable que la invasión georgiana de Osetia (poco más de 4.000 kilómetros cuadrados y 70.000 almas, pobreza general) fuera estimulada por los EEUU, deseosos de romper la radical dependencia energética de Europa respecto de Rusia, pero no hay que olvidar que la ruta de la invasión de Georgia la conoce Moscú desde el inicio de los años 20, cuando invadió el país para anexionarla a la URSS. Lo único seguro son los gestos desesperados, el territorio destruido, los muertos. El resto es opinable.

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Ayer parece que los rusos retiraron sus tropas de Georgia, pero demasiados indicios apuntan a que esto no ha sido más que el principio, puesto que la UE se escabulle como puede con el argumento de que el invadido no es país comunitario y la OTAN echa el freno alegando que no se encuentra entre sus socios, mientras Alemania opina ahora que urge ese ingreso estratégico, y los EEUU despliegan sus misiles en Polonia como respuesta a los pertrechos atómicos de los rusos en el Báltico. Para echarse a temblar. Sometida Georgia, Rusia podría trazar una autopista sin peaje hasta Irán, calculen, aparte de que, ya sin competencia ni rival, tendría a toda Europa pendiente de su energía. Pero todo esto no son más que especulaciones, cháchara de casino o cancillería, comparado con la imagen real de los efectos de la guerra, los muertos amontonados, el estupor sufriente en los rostros sorprendidos por la catástrofe, el mal irreparable causado a gentes que nada tendían que ver con tan altos designios, seguramente tan ajenos a las mañas de los mafiosos rusos como a los proyectos de los nuevos señoritos georgianos, que acaban de caerse del guindo en el que aguardaban ilusos a que vinieran en su auxilio los tanques occidentales. Todo lo cual, ya digo, le da seguramente igual que le da lo mismo a esa muchedumbre sorprendida que ya no podrá recuperar a sus deudos, ni encontrará a su vuelta sus hogares arrasados, esos desconocidos que se cubrían la cara con las manos para no ver lo irresistible, atrapados por el espanto, mientras los ejércitos iban y venían como el jinete apocalíptico, brutales, raudos, implacables. Lo único seguro de las guerras, de todas las guerras, son sus efectos; sus causas son opinables. Incluso si están tan claras como pudieran estarlo en ésta las intenciones de ambos bandos. Los ricos guerrean, mueren los pobres, dejó dicho Sartre. La renta en Osetia es de hambre.

5 Comentarios

  1. Y ante ese drama dantesco no hay discurso ni fuegos de artificio que valgan porque como diría Baudrillard “El simulacro no es lo que oculta la verdad. Es la verdad la que oculta que no hay verdad”, ni consuelo para las víctimas de la barbarie.
    Soberbio y magnífico comment mi D. JA, por mi parte voy a seguir apurando mis vacas siguiendo las sabias palabras de Dª Marta.
    Calurosisísimos saludos.

  2. De nuevo volvemos a enfretarnos con el eterno dilema de la muerte (lo contrario del nacimiento), necesaria para el grupo (para no «morir de éxito» paradójicamente), y la voluntad normal que solemos tener de mantenernos en este la vida a nivel individual. El eterno dilema entre la colectividad y el individuo que, en el caso de los humanos, constituyen las dos caras de la misma moneda, por más que una nos guste más que otra. Vivimos gracias a que continuamente «matamos» a vegetales y animales a nivel individual. La muerte forma parte de la vida. Otra cosa es que ello sea agradable cuando el lado de la muerte se le presenta a uno como necesario.

    Agradezco al Sr. Abate los muy interesantes enlaces que nos ha proporcionado y de los que he aprendido bastante.

  3. Si hay algo de lo que me alegro en esta vida y doy gracias al Altísimo es el de no coincidir con el razonamiento de algunos. Los pelos como escarpias se me han puesto, sí señor.

  4. Si, las causas de las guerras son opinables, pero las consecuencias se contabilizan.
    Los hombres son como una jauría de perros .
    Besos a todos.

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