En un texto del que se habló no poco hace cosa de un quinquenio, Claude Magris dejó escrita la impresionante sentencia de que “el rostro de la guerra es la derrota” y nos renovó el recordatorio que hiciera Joseph Roth en “La marcha Radezki” a propósito del convencimiento que tenía el emperador Francisco José sobre el hecho capital y tremendo de que las guerras, todas las guerras sin excepción, se pierden. Las pierden los derrotados, por supuesto, las pierde la Humanidad y las pierden incluso quienes creen haberlas ganado a poco que tengan un mínimo sentido de la responsabilidad por no hablar de la culpa. Dejar en tablas la de Corea dicen que costó tres millones de vidas, en el caos de Irak se habrían producido ya más de un millón de muertes, pero incluso por perder la contienda los americanos hubieron de sufrir en Vietnam casi sesenta mil bajas aparte de asolar el país. No hay datos fiables sobre el genocidio perpetrado en Yugoeslavia pero excusado es decir que cabe imaginarlos como espantosos, y menos aún los hay sobre esos indescriptibles conflictos africanos que han diezmado el continente ante la pasividad cómplice de las grandes potencias. ¿Y todo para qué? Nunca hubo una buena guerra ni una mala paz, se atribuye a Benjamín Franklin, y desgraciadamente no pasa un día sin que incorporemos un nuevo dato a ese argumento. El último que me encuentro es la acusación contra Gadafi formulada por el fiscal del Tribunal Penal Internacional, Luis Moreno-Ocampo, de haber autorizado la violación de mujeres a sus tropas, a las que habría facilitado –el fiscal dice que dispone de pruebas—ingentes cantidades de viagra adquiridas en el mercado extranjero “por containers enteros”. No se confirma la tesis nietzscheana de que las guerras modernas son consecuencia de los estudios históricos, como puede verse. Lo que las más recientes demuestran es que siguen en plena vigencia las tácticas paleolíticas: la guerra convierte al pueblo en horda. Eso no tiene solución.

 

Desconcierta pararse a contar las guerras abiertas o latentes que, en este momento, padece el mundo, y más aún comprobar la imposibilidad de hallarles, en conjunto o por separado, cualquier explicación que no sea la del interés negociante o la de la estupidez suicida. Y la impunidad. ¿Qué hará el TPI con Mladic o Gadafi una vez probado que hicieron de la violación una estrategia bélica? Cualquier cosa alejada de lo que el sentido común exigiría, eso es seguro, porque hay crímenes que exceden la posibilidad de su castigo. La imagen del guerrero dopado al que se envía a violar no debería herirnos más que la sombra misma de la guerra.

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