Cuando los americanos perdieron la guerra de Vietnam, mi generación se planteó estupefacta la cuestión del sentido de la guerra. Decenios de contienda colonial acabaron devastando a aquel pueblo y a sus vecinos sin que los “expertos” fueran capaces de otra cosa que de esgrimir el estribillo de la necesidad de mantener la supremacía del llamado “mundo libre” en el Pacífico, aunque para ello hubiera que recurrir a aplastar literalmente a varias naciones. Han pasado los años y Vietnam, sin embargo, unificado bajo un régimen comunista, muestra una admirable capacidad de superación sin dejar del todo la alianza con China pero del brazo ya –cada día de modo más llamativo—de sus viejos enemigos, esos EEUU que ahora llaman a los antaño rivales, “socios, colegas y amigos” (Hillary Clinton) y revisitan el país, agradecidos a una estrategia reconciliadora que incluso abre ya sus puertos a la odiada Navy y exhibe en sus restaurantes retratos de los Presidentes yanquis. Sigo hace tiempo esa mudanza que incluye una reescritura de la historia –¡en todas partes cuecen habas, como ven!—que, abandonada la imagen demoniaca del invasor, se centra ahora en los aspectos positivos (¡) de la relación bilateral, recordando remotos apoyos de Washington al presidente Ho y hasta llamando a convidados de piedra como el propio Jefferson. Un intercambio comercial galopante y una balanza comercial favorable al amigo menor parece que aconsejan olvidar los tres millón es de muertos que la guerra costó en un país vigoroso en el que la mitad de la población se sitúa hoy por debajo de los 25 años, la juventud emigra en oleadas hacia universidades americanas y hasta es acogido con apoyo del antiguo enemigo en el peligroso club de los “países nucleares emergentes” del que se excluye, por ejemplo, a los Emiratos árabes. “We are back in Saigón”, dice hoy la misma propaganda americana que satanizó durante tantos años al pobre “Charlie”. Vivir para ver.
 
La imagen del helicóptero fugitivo en la azotea de la embajada yanqui nos persigue con la insistente pregunta del sentido de estas guerras fallidas, preguntándonos por qué se detuvo en su apogeo la primera invasión de Irak, para qué ha servido la segunda, qué se ha conseguido en Afganistán que no consiguieran en su día los soviéticos o cómo se cerrará, si es que se cierra, el ataque a Libia. Llevamos vistas demasiadas guerras inútiles sin contar las tapadas, tantas como para pensar que tal vez en la actualidad, todavía se puedan ganar batallas pero no sea posible ya vencer en las guerras. Lo que no imaginábamos es que el enemigo pudiera reciclarse en cliente al ritmo con que lo está haciendo en Vietnam.

10 Comentarios

  1. Sobran comentarios. La guerra es un negocio, me parece que eso falta en la columna. O quizá va implícito, por obvio, no sé.

  2. Hay guerras no sé si justas, pero sí inevitables, tal la última contra los nazis. O sea, la vieja tradición de la «segunda escolástica» española: la única guerra justa es la guerre de defensa. Hoy nos movemos en conceptos muy complejos de «defensa», popr ejemplo, decimos que defenedemos a los afganos de los propios afganos, a los libios de los propios libios o a los iraquíes de los propios iraquíes. Y ello puede ser incluso cierto… Pero ahí están los resultados, Las guerras las hacen siempre los ricos pero en ella mueren los pobres, dijo alguien.

  3. Interesante, ilustre jurista, tanto como la columna. Pero ¿no es cierto que decidir esa condición de justa será siempre subjetivo? Nuestro amigo nos mete en estos laberintos en plena canícula, cuando unos andamos de vacaciones, picoteando lecturas y mirando el paisaje. No sé si agradecérselo porque a mí, al menos, consigue desvelarme.

  4. Tema que no deja indiferente. También yo creo que no hay guerra buena, dicho sea en recuero de los versos de Blas de Otero, buen amigo mío y de jagm durante muchos años: «Tristes guerras si no son de palabras…» o algo por el estilo. Por decir hasta se ha dicho que la guerra es medre de todas las cosas, como saben. No conozco un equívoco mayor.

  5. Recuerdo una película «Esta tierra es mía» que hacía apología de la guerra de liberación. La escena se situa en un pueblo de la Francia ocupada, en el año cuarenta y poco. Uno de los protagonistas, refiriéndose al sonido de los cazas en el cielo, previo al bombardeo, hablaba de «nuestros amigos del cielo».
    Supongo que todas las guerras se justifican en la defensa de unos derechos, a veces imaginarios pero otras muy reales.

    Saludos

  6. Mañana se cumplen tres cuartos de siglo de la Guerra Civil. No quiero hacer ningún comentario, prefiero el silencio recogido. Se ha escrito que ne las guerras civiles pierden hasta los que ganan y yo comparto esa idea sin reserva alguna. Civiles o inciviles, todas las guerras son malas, aunque haya que admitir la precisión de Ropón, ilustre jurista, me consta. La paz es la más cara victoria del hombre y la más imprescindible. Sin ella la vida humana es un fracaso.

  7. La guerra è bella ma troppo incomoda, creo que dicen los italianos. Han visto demasiadas pelis de romanos hechas por yanquis.

  8. La generación del autor encontrará si sitio en la Historia cuando el tiempo permita ver en perspectiva su papel. No tenfo dudas de que los que hemos venido detrás nos hemos beneficiado de muchas libertades conseguidas por ella al echare abajo ciertos tabús. Que se pasara de utópica, que soñara demasiado y no poco a lo loco, es cosa aparte. Compárese con la generación de anterior y verán como no resulta tan cuestionable.

  9. El mal de la guerra dura más allá de la generación que le hace. Que nos lo cuenten a los europeos, al menos a aquellos que recuerden algo de historia. Nos gusta, aparte de todo, eso de «guerras inútiles» con lo que imaginamos que jagm no pretende decir que las haya «útiles» sino algo bien distinto. Que haya paz entre los hombres es la más vieja utopía… pero no de todos.

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