Reciente aún la falsa alarma de ataque aéreo coreano a Haway, irrumpe la extraña noticia de que las dos Coreas, encarnizadas enemigas desde la guerra atroz que nubló mi infancia, van a desfilar juntas en los próximos Juegos de Invierno que tendrán lugar en el Sur. El deporte una vez más en su papel de “koiné” pacificadora, de jerga capaz de conectar a los intraducibles y bandera blanca en pleno zafarrancho, un poco como ya ocurría en la Grecia olímpica cuando el anuncio del torneo pacificaba el país abriendo de par en par los caminos bajo la protección de los dioses, o luego, en la Edad Media, cuando el honor caballeresco imponía por la fuerza la paz de las justas nobiliarias. ¿Cómo entender que una simple cita deportiva pueda solventar tan aterradora amenaza? La inconsistencia del conflicto político se revela de modo súbito en este cambalache improvisado de la paz deportiva.

Entre los pliegues de mi memoria remota permanece la insistente idea de mi padre de que lo de Corea –un conflicto en el que “Popeye” MacArthur anduvo empeñado en repetir la barbarie de atómica— no era más que la prórroga de la Guerra Mundial, del mismo modo que la llamada de Indochina vendría a ser su continuación algo más tarde. ¡Siempre habría una guerra –pensaba mi padre— en un mundo fiel, al parecer, a la oscura proclama de Heráclito que, en uno de sus más fragmentos, le atribuyó la paternidad “de todas las cosas” y, por descontado, sujeto a los planes negociales del “big money”! La verdad es que llevo perdida la cuenta de las guerras que desde entonces han ido confirmándome su profecía (Heonik Kwon cifró sólo las pérdidas de la Guerra Fría en 40 millones de víctimas), en especial desde que la violencia se trasladó desde Occidente a los termiteros africanos y asiáticos. En febrero, no obstante, las dos Coreas –Caín y Abel irreconciliables—van a celebrar un extraño armisticio lúdico, muy lejano ya de aquel que en Panmunjon desgarró el viejo mapa con el filo del Paralelo 38.

Cuentan que Trump no interrumpió siquiera su partida de golf al enterarse del incidente que aterrorizó a Haway y él mismo acaba de girar en redondo para asegurar que ve posible el mejor entendimiento con Kim Jong-un, el mismo que, hace semanas tan sólo y tras llamarle “viejo chocho”, lo condenaba a muerte ofendido por sus insultos. Este invierno, jugadoras de las dos Coreas, y como si no hubiera pasado nada en estos años aciagos, jugarán unidas a hockey sobre hielo en un mismo equipo. Lo peor de la tragedia política puede que sea su cara cómica.

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