La dualidad española ha roto incontinente antes, durante y después de la primera condena del juez Garzón. Los mismos que lo execraban cuando encarceló a la cúpula policial de González con su ministro de Interior al frente, lo ensalzan ahora como víctima de una conjura gremial y fascista en la que estaría inmerso el Tribunal Supremo. Los que entonces lo alabaron, al menos hasta verlo hundir al juez Gómez de Liaño, se alinean hoy frente a él, en cambio, considerándolo un narcisista arbitrario y, lo que es peor, un peligroso prevaricador. Ellos y nosotros, como tantas veces, sin haberse leído siquiera la sentencia, por supuesto, pero convencidos a machamartillo cada cual en sus yunques mediáticos. Unamuno decía que en España no había lucha de clases sino guerras de tribus, una sentencia bajo la que subyace la idea de cierto anacronismo que dificulta cuando no impide, como demuestra sobradamente nuestra Historia, el normal desarrollo de cualquier modernidad. ¿Puede sobrevivir una democracia en la que escuchamos a un ex-Fiscal Anticorrupción, a un portavoz del PSOE o a los líderes de IU proclamar su inútil rebeldía y, ya de paso, descalificar de la forma más grosera al Tribunal Supremo, a cuyos magistrados califican de corruptos, prevaricadores y vengativos, mientras desde la calle piquetes bien sonoros los llaman fascistas? Bien pensado, Garzón no debería quejarse de un país cuyas tribus lo han mitificado por turnos, sino extrañarse de esa singularísima circunstancia que le ha permitido divagar por nuestro panorama político situándose en cada momento donde su interés le dictaba. Pregunten al “Señor X”, a Barrionuevo, a Vera, a Corcuera o a Ibarra por él y podrán comprobar que ni siquiera rige la coherencia dentro de las tribus. Unamuno, otra vez: “Yo soy mi mayoría y no siempre todo mis decisiones por unanimidad”.

Lo desconcertante de Garzón es que ha logrado confundir en el mismo crisol la memoria de Paracuellos, los crímenes de Pinochet, los alijos de los narcos gallegos, el terrorismo de Estado y el otro, y la corrupción conservadora, y eso es demasiado incluso para Garzón. Ha intervenido las conversaciones entre los presos y sus abogados, ha solicitado dinero a banqueros cuyas causas él mismo sobreseyó luego, ha pretendido reabrir en pleno siglo XXI las fosas de un bando. Y como en la fábula,  se le ha roto el saco. Incluso quienes no pocas veces defendimos sus méritos a pesar de sus fiascos, hemos de rendirnos a la evidencia. Que sigan las tribus, si quieren, con su encono fratricida. La desaparición de Garzón será más notoria para el telediario que para la Justicia española.

7 Comentarios

  1. Es inútil, creo yo, razpnar en casos como éste, puro fanatismo, un poco por ambos bandos, pero más en el defensor del juez. No se puede convencer a quien no le conviene ser convencido.

  2. Se pueden tener muchos méritos y merecer la pena. Lo que Garzón ha hecho (lo de las escuchas) no tiene precedente y absolverlo hubiera supuesto abrir la puerta a la omnipotencia del instructor.

  3. No entiendo la reacción del caso. ¿A cuántas personas ha condenado o hecho condenar Garzón, nunca se ha equivocado? Barrionuevo dice que ya hubiera querido él un juicio con las mismas garantías, como si el suyo hubiera sido un juicio senegalés. En fin un mundo de majaretas, y la esperanza de que el TS y el CGPJ sean capaces de reaccionar ante esta desatada campaña de desprestigio.

  4. La verdad, no sé bastante como para opinar y sustituirme a la justicia y lo que es más, al Tribunal Supremo. Y supongo que la inmensa mayoría está en la misma situación.
    Besos a todos.

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