Su táctica de siempre, una de cal y otra de arena, política de dichos consumados, desprecio por la memoria y la coherencia. Ahora dice Guerra que el rollo saduceo de la “realidad nacional” no es más que cosa de políticos, ya que el pueblo soberano lo ignora soberanamente, y dice también que anda muy preocupado por la pérdida de peso que pueda afectar a España. Coño, ¿y por qué no se preocupó mientras se dedicó a hacer gracietas como presidente de esa ominosa comisión parlamentaria, y más aún, a la hora de votar con brazo obediente este peligro que tanto le preocuparía ahora? Da igual que de lo que se trate esta vez sea de machacar a Chaves, al que desprecia olímpicamente, y de pulverizar a su pretorio, porque el fondo de la cuestión es siempre el mismo: Guerra es el gran oportunista disfrazado de radical, el audaz más medroso, el capitán menos comprometido con su tropa. Si se trataba de elegir –y se trataba, en fin de cuentas—entre seguir con la mamela o volver a casa, se comprende mejor que nunca que haya representado una vez más su acostumbrado papel.

1 Comentario

  1. Cuenta Jorge Semprún de éste caricaturesco personaje en sus memorias de Federico Sánchez, que cuando entraba él en la antesala del Consejo de Ministros en Moncloa, encontraba en muchas ocasiones al Alfonso con un libro en las manos.

    ¿Lector empedernido?, ¡qué vá !, teatrero compulsivo.
    Yo creo que en vez de escuchar a Mahler, escuchaba al Fary.

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