Me cuento entre la ingenua panfilia que en los años 60 llevábamos en el ojal un pin antiyanqui. Era demasiado para nuestra vehemencia abrir cada mañana el periódico y darnos de bruces con la carnicería de My Lai o el bombardeo de Hanoi, cuando no con la imagen horrenda de la niña despavorida trágicamente empavesada por el napalm. Y lo han sido luego las escenas del desastre iraquí, la invasión de Granada o el golpe chileno. Todo eso es tan cierto como que, sólo en el siglo XX, los occidentales debemos a ese vituperado “gendarme” al menos la crítica ayuda que nos libró por dos veces de lo que nos libró. Podemos reprochar acaso a Tocqueville su explicable punto de ingenuidad, pero hay que ser ciego y contumaz para no ver en la democracia americana –con todo y por encima sus insufribles defectos—un ejemplo crucial de la experiencia humana.

Lo de Trump no pasará a la Historia más que como un deplorable episodio y como un fracasado ensayo de ocupación plutocrática del Poder. Semejante patán pasaría a duras penas la prueba del payaso sin lograr jamás esbozar el perfil de un hombre de Estado y, sin embargo, tanta es la fuerza del populismo que ha conseguido que setenta millones de incautos, salvajes incluidos, lo crean un líder idóneo.

Por eso, si la “insurrección” final de su mandato no ha sido otra cosa que el desenlace lógico de su derrota, el pacífico paisaje presidido por Biden no deja de constituir un irrebatible argumento a favor de ese gran país, que lo es a pesar de su escandalosa inmadurez. La hondura del magma democrático ha permitido a la democracia americana restaurar su prestigio y salir reconfortada de la pesadilla más extraña que quepa en el sueño de la libertad. Porque, sí, ahí siguen los vándalos del Coliseo y las cruces ardientes del KKK, la legión desheredada y la inyección letal…, pero también la energía de un civismo patriótico capaz de sobreponerse a cualquier desafío.

Esa pujante democracia trufada de gangrenas no es, seguramente, un modelo ideal de convivencia. Merece, sin embargo, la consideración de ensayo señero de una civilización, como la humana, que ha dependido y sigue dependiendo más de la cuenta de la corrupción y de la maldad. Por eso el himno sonaba el otro día con el énfasis de la banda sonora de una epopeya que, como humana, no es ajena a las miserias como  no lo es a las grandezas de esta especie en evolución. El error de Trump ha consistido en una tosca visión del Poder, incapaz de distinguir entre la legítima “auctoritas” de un Washington y la mísera “potestas” de Capone.

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