Esta siendo generoso este invierno en noticias justicieras. A Panamá ha llegado desde Francia, donde había cumplido ya una severa pena por blanquear dinero, y tras saldar sus cuentas con la justicia yanqui, Manuel Antonio Noriega, el todopoderoso tirano de Panamá, probable cómplice en el atentado contra Torrijos, narcotraficante máximo y agente de la CIA además de protegido del Vaticano hasta que fue derrocado por sus propios patrones en una operación en la que perecieron cinco mil víctimas, ni qué decir tiene que elegidas entre los barrios míseros de la población. En Francia, el ex-Presidente Chirac acaba de ser condenado a dos años de prisión culpable de los delitos de desvío de fondos y abuso de confianza, por haber creado empleos ficticios en el Ayuntamiento, hace veinte años, cuando era alcalde de París, pero, por supuesto, en ausencia del procesado y con la presumida garantía de que el propio tribunal le levantará la sanción. En Israel otro ex-presidente, el octavo del país, Moshe Katzav, ha ingresado en una prisión común para cumplir siete años de condena que le han sido impuestos por violar a una secretaria. Tiene que haber excepciones, aunque no siempre éstas sean la más justas ni razonables, en un planeta político repleto de grandes delincuentes que se zafan de sus responsabilidades de mil maneras, incluida la de legislar lo pertinente para verse exento de la acción de los jueces, como ha hecho Berlusconi en Italia. Algunos de marca mayor han sido también castigados en el Tribunal de Justicia Internacional del que, sin embargo, se han librado otros señeros, como el propio Kissinger, aunque no él solo, pero la estimativa pública da por cierto que esa Justicia a lo grande no se cumple más que en casos y circunstancias extremos con sólo echar una mirada alrededor y ver lo que ha ocurrido en el mundo durante todos estos años.

En España acabamos de ver cómo se indultaba a un banquero de primer orden mientras se traspapelaba el expediente del preso más antiguo de la penitenciaría nacional, y asistimos ahora conteniendo la respiración al espectáculo judicial de un ex-presidente autonómico y hasta de miembros de la Familia Real, a los que hay que añadir un torero y una tonadillera famosos. Lo de la tela de araña, la mosca y el elefante, tan rabelaisiano, no resulta cierto siempre y en todos los casos, y eso es algo que actúa como un reconfortante sobre una conciencia pública aplastada por la evidencia de la impunidad del poderoso. Nada más esencial a la democracia que la igualdad ante la Ley y pocas cosas tan lesivas para ella como el privilegio. Si aquí se aplicara ese principio iba a verse un ejemplar.

2 Comentarios

  1. En Francia condenan a todo un ex-presidente por delitos cometidos hace veinte años.
    No puedo entender que en España prescriban los delitos, con frecuencia en menos tiempo que la merecida condena. Los Albertos se fueron de rositas por el mismo motivo y también el presidente de uno de nuestros grandes bancos. ¿Por qué es tan fácil, con dinero, torear a la justicia?

  2. Don Griyo, me alegra leerle. Ya sé que su pregunta era pura retórica y sin embargo yo, por momentos, me hago la misma.
    Un beso a usted, unico contertulio.

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