En los últimos tiempos se multiplican las protestas y denuncias de las discriminación que sufren las personas pasadas de peso no solamente en el trato diario, sino en el ámbito profesional y en ciertas circunstancias claramente injustas. Lo último del género es el proyecto de diversas compañías aéreas americanas y francesas de implantar un suplemento en el pasaje de las personas con sobrepeso o, en su defecto, hacerles pagar dos billetes a cambio de ocupar dos asientos, pero lo curioso es que la idea no procede en este caso de la avaricia recaudatoria –hace poco el baranda de una de una aerolínea anunció el disparate de cobrar a los viajeros en pleno vuelo por el uso del lavabo—sino que encuentra su base en la propia opinión pública expresada en una encuesta de base ciertamente enorme en la que prácticamente la mitad de los usuarios se mostraba de acuerdo con la medida. En Francia ya se han pronunciado incluso los tribunales, pero mientras en Gran Bretaña, donde tienen problemas con la báscula uno de cada cinco ciudadanos, ha dado mucho que hablar el caso del cantante Rick Waller que se considera maltratado a causa de su obesidad, sobran las constataciones de que las personas de peso excesivo son discriminadas abiertamente en el mercado laboral, donde los sondeos revelan que más del 90 por ciento de los empleadores prefieren contratar flacos antes que gordo, como si trataran de prolongar la preferencia del Julio César shakesperiano por los hombres gordos y calvos así como su aversión y desconfianza respecto a los flacos como Casio. En México, por ejemplo, donde se estima que la gordura afecta al 30 por ciento de la población (es el segundo país del mundo en ese ránking) crece a ojos vista, al parecer, esa discriminación en el trabajo al tiempo que se endurece el trato social en general, y muy en especial contra los niños y mujeres  obesos, pero se estima que en Europa, en general, los empleadores tiene una clara preferencia por los flacos a la hora de contratar personal.

 

La obsesión por el peso en nuestras sociedades tiene, por tanto, sobradas razones al margen de aquellas de naturaleza obsesivas que suelen ocupar la atención crítica, de tal manera que cada vez resulta menos fácil oponerse al culto maniático o enfermizo de  la esbeltez. Se penaliza al grueso, se maltrata al niño gordito en la escuela, se descarta contratar al candidato entrado en carnes, se rechifla contra la mujer gruesa, al tiempo que la buena conciencia y otras “correcciones” claman por eliminar el ideal estético de los flacos excesivos. Y si Dios no lo remedia, incluso habrán de pagar doble billete en los transportes públicos con la anuencia de la mayoría. No sé que pensaría Shakespeare, seguro trasunto de su ‘César’, si levantara la cabeza en medio de este nosocomio.

11 Comentarios

  1. Siento haber faltado un par de días por lo interesantísimo de los artículos (En particular el que trata de los científicos asalariados).
    Sobre este tema no sé si la observación que se puede hacer de que antes los pobres eran flacos porque se morían de hambre y ahora son obesos porque comen mal viene a cuento. Personalmente creo que esa realidad tiene una incidencia sobre la opiniongeneral que tiene la sociedad sobre los gordos.

    Besos a todos.

  2. Cada época tiene su ideal del cuerpo y, por tanto, su canon de peso. Hoy, sin embargo, la obsesión va en contra de la realidad y por ahí creo que van los tiros del autor: demasiado gordo en un mundo donde la anorexia es una plaga. Aunque me extraña que esta vez haya dejado de lado su habitual teoría del origen social del fenómeno: los gordos serían el estigma de la sociedad opulenta así como los flacos lo son de las deprimidas y pobres.

  3. Estupendo y constructivo debuit de B., que ya no sabe una si es C o Z. Para insultar (o intentarlo) hace falta poco, otra cosa es construir un buen argumento. Hoy además no se trata tanto quizá de esta tarea como de leer el simpático comentario de un fenómeno que tiene mucho de injusto en estas sociedades que son, en el fondo, con su tiranía estética, la causa de muchos sufrimientos.

  4. No entiendo ciertos reproches ante una columna que se refiere a un tema de importancia grandes ne nuestro modelo de vida y, como se apunta en ella, notable en muchos países que lo viven como problema. Más bonita es en todo caso la protesta implícita del autor por el trato desafortunado que se da a gordos y flacos en nuestras culturas, trato a veces impío e inhumano, y que tanto contrasta con la realidad. No hay quien nos entienda. En esta materia tampoco.

  5. Estoy con Shakespeare en lo de Casio (y en lol de Falstaff): no hay que fiarse más de un flaco que de un gordo. Pero el jefe apùnta a más bajos niveles, que es donde deberíamos entrar los casineros.
    (Espléndida cita inglesa la de ayer. Debería prodigarse más ese bloguero).

  6. Iba por otro mlaso, pero me sumo a lo dicho por Eleuterio sobre RAFA ain citarle, cuyas aoportaicones, como las última de Caleuche, son sobradamente cultas e instructivas. Vamos a terminar aquí formando una Academia entre tanto sabedor.

  7. I´m sorry pero hoy no estoy de humor. Me cabrea que algún que otro b_s_g_ infiltrado no comprenda el dolor y la injusticia que hay detrás de un tema como el de hoy. Haría falta otra educación para hacer ver, sobre todo a niños y adolescentes, que el valor de las personas no tiene nada que ver con arquetipos impuestos por modas mediáticas, pero desgraciadamente la realidad es otra en esta sociedad de mundos disociados que se llena la boca con igualitarismos de pacotilla.
    Saludos a casi todos.

  8. Delicado y sumamente poliédrico el tema. Me da la impresión de que se incide más en el aspecto estético -o social, no estoy fina hoy- de la aceptación por los otros, en el culto cuasi idolátrico de los cánones impuestos, que en los otros aspectos que mi querido y admirado don Ropón ha, al menos, rozado.

    Por un lado está ese culto que se inculca a la gente joven de que la imagen, el aspecto es lo primero y principal, por no decir que lo es todo, y por otro en los adultos, a quienes una vez sobrepasado el 25 como índice de masa corporal, se les bombardea con ideas como recuperar juventud, quitarse años y cosas así, lo que se ha convertido en una auténtica mina que miles de listos explotan, importándole más el rendimiento monetatrio de la misma, que la temporalidad, efímera casi siempre de sus resultados.

    Veamos. La obesidad hoy es sobre todo y más que nada un problema de salud pública. No hace tanto tiempo en que se la muestra como el síntoma prínceps de lo que se denomina como síndrome metabólico. Por ‘el mismo precio’, el obeso suele padecer hipertensión arterial, dificultad respiratoria, alteración de los parámetros lipídicos, proceso degenerativo articular precoz y alguna otra perla más. Sin embargo, hasta en los progrmas mediáticos sobre salud, en los artículos de revistas que hasta van de serias, se insiste de forma casi monotemática de esa pamplina a la que ha dado en llamarse sentirse bien con uno mismo, resaltando de forma hasta mendaz que una mejora de la propia imagen va a ser la panacea de los múltiples achaques psicológicos con que el tiempo y la vida van llenando nuestras alforjas.

    Ayer visitaba yo una zona lumpen y advertí como una mujer, ya muy obesa, se zampaba unos gruesos sopones que iba arrancando de una barra de pan tras empaparlos en un bote XXL de mayonesa con pinta de muy barata. Estaba engullendo de una sentada las calorías diarias o más, que precisaría un cargador de muelle trabajando once horas diarias. Reflexioné en le hambre que esa persona ha pasado en muchos momentos de su vida y en cómo ese barato placer que se estaba metiendo en vena la compensaba, la gratificaba de otroas muchas penas que no había que ser pitonisa para adivinar.

    Por otra parte está el tallaje desvergonzado con que se fabrican butacas de cine, asientos de avión o autobús, distancia entre ellos y otros detalles que ustedes conocen tan bien como yo. Resulta que si en el autobús, una servidora que está casi en su peso ideal, recibe la compañía de un obeso, esta otra persona está invadiendo involuntariamente mi espacio vital, pero porque no le queda más remedio. Me achucha, me impregna de su sudor, soporto su respiración estertorosa y me hace sentir enormemente hostil hacia él. Y así, tó seguío.

    Otra cosa es el despotismo con el que suelen actuar esos hoy llamados directores de RR. HH. Como la ley de la oferta en el mundo laboral -je, je, ¿pero existe aún hoy eso?- es infinitamente supeior a la ley de la demanda, el chuleta de turno, que tal vez sea un fofo sudoroso al que le aprieta la corbata, se permite elegir entre ocho aspirantes, u ochenta, al mismo puesto de trabajo, no solo al más preparado, al de mejor currículo o superior experiencia, sino que además exige que sea un cachas o una beyoncé despampanante. Así está el mundo, Facundo.

    “No me mande más guardias, envíeme menos manifestantes”, como respondió el embajador inglés al misnistro español cuando tenía ante su ventana un grupo de aguerridos jóvenes falangistas gritando lo de ¡Gibraltar español!. Actúen las autoridades, je, je, sin las ínfulas y las posturitas de las vicepresidentas españolas, sobre el control de los alimentos, sobre las publicidades perniciosas, sobre la educación -huy, se m’hascapao- y d´jense de contarme la película del bigotes y el trajecitos. Que esa ya me la sé. A lo mejor hasta servía de muleta para la crisis.

    Baci per tutti. (Se le echa de menos, Padre cura. Se le quiere.)

  9. de eso nada va contra ley porque constitucionalmente todos somos iguales ante ella sin distincion de muchas clases entre ellas la de la obesidad. un saludo don Jose Antonio

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