Me entero por un documento elaborado por la FAO de que los norteamericanos no ostentan ya el liderazgo de la obesidad mundial. Los más gordos serían ahora los egipcios (más de un 34 por ciento de su población) y los mexicanos (un 32 largo). No está clara la causa del relevo pero si ha podido establecerse, por el revés del transparente, que los humanos más flacos son los habitantes de estaditos pequeños como las islas Cook o las Tonga, así como los kuwaitíes. La sociedad consumista ha provocado esta explosión de la obesidad sin duda debida a sus estilos de vida, pero los expertos sostienen que el responsable último de esta epidemia no sería otro que la industrialización progresiva de la agricultura, responsable a su vez de otra epidemia temible, la de la malnutrición. Mientras tanto, sin embargo, proliferan los pactos políticos en apoyo de programas de aprovechamiento alimentario destinados a combatir el despilfarro patente en los países más desarrollados, en los que los sistemas de comercialización han elevado los límites de la caducidad de los productos hasta extremos absurdos. El ministro Cañete no está sólo en esa cruzada contra el rigorismo que lo han convertido en un propagandista de los yogures caducados, sino más bien en línea con numerosas organizaciones dedicadas actualmente a recuperar todo ese capital despreciado por unos criterios de optimización comercial no precisamente ajenos al interés de las empresas. Las asociaciones dedicadas a recuperar alimentos desechados se quejan hoy de que la reducción de la caducidad a que ha obligado la crisis ha perjudicado gravemente su tarea al vaciar los contenedores. El debate entre el despilfarro y el aprovechamiento máximo
constituye una prueba insuperable de las contradicciones del Sistema.

Como puede verse existen debates exclusivos del mundo de la abundancia que resultan inimaginables en el vasto territorio de la necesidad. No hay en este último anorexias ni bulimias, males paradójicos del planeta afortunado
que ni se conciben allí donde el hambre señorea la vida y nadie va a plantearse siquiera mirar la fecha de caducidad de un nutriente, bien entendido que ese planeta hambriento sobrevive a duras penas también en los países ricos rebuscando entre los desechos del contenedor. La FAO se propone reducir a la mitad antes del año 2025 el despilfarro actual ante el lamento de los sufridos rebuscadores. En nombre de la racionalización económica, Epulón le niega a Lázaro hasta esas dudosas migajas caídas del festín.

1 Comentario

  1. Creo que es muy de tener en cuenta, mi don JA, que tanto la anorexia como la bulimia y cada vez más, la obesidad muchos psiquiatras las incluyen no como trastornos de la alimentación sino de la psique.

    Está más que demostrada la presión ejercida por la sociedad en todos los ámbitos. Por un lado, la idealización mediática de cuerpos estilizados y por otro el bombardeo publicitario –ahí tienen de nuevo al KFC anunciando de forma implacable su pollo frito con vaya usted con qué ingredientes– hacen que la alimentación no sea ya una necesidad básica sino un lujo de las sociedades poderosas. A su lado, en estas mismas, la necesidad extrema, propiciada por los vicios de esa misma sociedad. Lázaro y Epulón, qué bien traídos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.