No me ha sorprendido la experiencia de un profesor que ha averiguado, a propósito de los últimos acontecimientos, que apenas un diez por ciento de sus estudiantes (5º curso universitario) situaba Túnez en un mapa con cierta precisión y que la práctica totalidad de ellos ignoraba absolutamente quién era el dictador derrocado. No me ha extrañado porque, como le he dicho a él, lo curioso sería repetir esa encuesta en un pleno parlamentario o concejil, en los que me da el pálpito de que los porcentajes no variarían demasiado de los ya obtenidos. Es muy gracioso eso de pedir solidaridad con países en dificultades a una población que no sabe siquiera por dónde vienen a caer pero más gracioso resulta todavía venirle con esa petición a una dirigencia que tampoco anda sobrada de conocimientos exteriores. Lo ocurrido en Túnez, sin embargo, nos afecta y mucho como europeos y como país comprometido con la causa democrática, al menos teóricamente, porque una vez más se ha demostrado que el fariseísmo diplomático puede encubrir a la perfección situaciones intolerables con las que transigimos encantados fiándonos de las directrices de nuestros gobiernos. Como prueba nuestro creciente turismo a Túnez y nuestras carantoñas políticas, ni siquiera nos habíamos enterado de un estado de cosas ciertamente infame como el que la familia Ben Alí había impuesto desde hace años, pero doy por seguro que nuestro Gobierno, como los demás de la Unión, conocían perfectamente ese montaje –cuasimafioso, según una revelación de WikiLeaks—en el que aseguran los expertos que al menos la mitad de los negocios del país tiene una conexión cierta con el clan dirigente. Industria o transportes, inmobiliarias o bancos, entre otros sectores, han sido controlados por las dos familias, la del propio Ben Alí y la de su segunda esposa, Leila Trabelsi, según ese modelo magrebí que mentiría quien dijera no conocerlo en España.

 

Sin duda el desconocimiento que denuncia mi amigo el profesor contribuye decisivamente al mantenimiento de esta geografía política del expolio que ha hecho de tantos países los feudos papinianos de las oligarquías dominantes, sin duda con el apoyo –activo, pasivo o ambas cosas—de nuestras democracias voluntariamente ciegas. El informe de Abdelaziz Belkhodja sobre estos negocios, es la última debelación, por ahora, de regímenes respetados por todos nosotros  con un cinismo tan ejemplar que no ha podido constituir sorpresa alguna que la primera dama en cuestión sacara del banco tonelada y media de lingotes de oro para depositarlos en Dubai. El dinero no tiene patria. Ni para ellos ni para nosotros.

3 Comentarios

  1. Dos cosas: este Abdelaziz Belkhodja me parece interesantísimo y no lo conocía. Gracias por hacermélo descubrir.

    No hay que ser tan duro con los que no vieron «el horror»de la situación tunecina. La situación económica era buena, con un desarrollo elevado, de dos cifras al principio del mandato. Había una burguesía ilustrada, la formación universitaria era buena y abierta,( estos dos puntos difieren de la situación argelina o marroquí) y el peligro islamista era inexistente a pesar de no tener, como Marruecos, a un descendiente del profeta en el poder. Millones de turistas han visitado Túnez sin percatarse de que el país estaba al borde de una revolución.

    La corrupción es una bestia que roe en silencio las bases de la sociedad, hasta el momento en que toda ella se colapsa. Quizás ello pueda servir de aviso a algunos.
    Besos a todos.

  2. Vale, doña Marta, pero el saqueo familiar que pone de relieve ese informe es definitivo: un país pada una familia, un secuestro del país por un grupito oligárquico que apoya a esa familia. No hay que dajerse deslumbrar por las apariencias ni fiarse de los turistas, que no suelen enterarse de nada. Otra cosa con los viajeros (las «crónicas» que nos envía en sus periplos jagm son elocuentes), más preparados y obsevadores, menos camelables.

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