Poco puede sorprendernos, a estas alturas, la evidencia de que desde la política se juega como se quiere con la geografía y con la historia. Hemos visto demasiados tratados internacionales, demasiadas guerras y demasiadas paces, como para precisar pruebas de un hecho tan patente que estos mismos días podemos ratificar con sólo atender a la ligereza con que los dirigentes italianos, desarbolados por la crisis, se disponen a obedecer el mandato alemán de cambiar a fondo un mapa del país ciertamente mejorable pero merecedor de una reflexión más rigurosa. El mapamundi es un palimpsesto, un pergamino antiguo sobre el que la vida se redibuja a placer según la conveniencia de quienes en cada momento mandan y en muchas ocasiones a costa de insufribles costes para los paisanos. Un periódico alemán ha revelado estos días, ateniéndose a una importante documentación desclasificada ahora, que en 1961, tras la construcción del Muro, el gobierno del canciller Adenauer propuso a Kennedy el proyecto de vender Berlín Occidental a la Alemania del Este a cambio de obtener la expansión de las fronteras propias hacia la zona comunista, y que sólo el rechazo final de los americanos evitó que se consumara aquella aventura con la que el viejo zorro pretendía conseguir un eventual enfrentamiento entre los alemanes orientales y los soviéticos. La crónica de la diplomacia oculta cuánto hay de aventurerismo y ambición en la prosa de esos tratados con los que los vencedores han ido mudando fielatos e incluso borrando países del mapa sin la menor consideración a la historia política por no hablar de la geografía humana. Pocos de mis congéneres seríamos capaces hoy de reconocer el mapa africano anterior a la descolonización y ni los más directamente afectados serían capaces quizá de orientarse en el de la Yugoeslavia posterior al último conflicto. La geografía política no conoce más razón que la fuerza ni ésta otro derecho que el derivado de la voluntad del poder.

 

Da que pensar ese proyecto del patriarca de la democracia alemana, uno de aquellos dirigentes mayúsculos –De Gaulle, Eisenhower, Churchill, el propio Kennedy– que atravesaron a pie enjuto la Guerra Fría y en cuyo haber es obligado incluir tantas iniciativas cruciales sin las que el actual ensayo continental no sería siquiera imaginable, pero en cuya cara oculta se esconden maniobras como ésta que hoy se descubre no sin indignación en unos círculos europeos que ven en aquellos maquiavelismos el envés de una política desprovista de toda moral. Ciertamente la experiencia cívica no permite ni al mejor dispuesto entender esa oculta dimensión canalla de sus próceres más consagrados.

7 Comentarios

  1. Extraordinaria revelación sobre Adenauer, “el Viejo” venerado, el padre de la nueva Alemania. Debo esforzarme para asumirla como cierta aunque no quepan dudas a juzgar por las fuentes que seguro que ja ha valorado con cuidado. Hacen lo que quieren. Incluso vender un trozo del país. ¿No decía Papini que los países se podían comprar?

  2. Me hubiera gustado que indicaras la fuente, aunque la doy por segura, tal es mi estupor ante lo que cuentas, ¡Adenauer vendiendo Berlín! ¿Alguien da más? Aparte de todo compruebo que esta columna acentúa cada día más su vocación universalista, que yo, al menos, agradezco en un momento en que la gran prensa, por ej. americana, es cada día más lugareña a pesar de las globalizaciones.

  3. No esperaba yo eso de quien fye un gran líder europeo de la democracia cristiana, un hombre que estuvo prisionero de los nazis en el campo de Buchenwald y dio tantas pruebas de capacidad política. Cosas veredes. Verdaderamente ya no sabe uno a dónde mirar con confianza, al menos por “aquí abajo”.

  4. Los montajes de los políticos son imprevisibles. Acordaos del precio pagado por Alemania Federal a causa de las prisas de Kohl por conseguir la unión bajo su mandato, cuyas consecuencias todavía estamos pagando en cierto modo. Pero la democracia no tiene otro remedio que fiar en sus elegidos…, que incluso en casos tan eminentes se descubre que son como son. Hay noticias como esta de hoy que dejan mermada la confianza de quienes creemos en la política libre y en la legitimidad del liderazgo.

  5. Nuestro susto de cada día, querido ja, aunque ni tú ni yo tengamos mucho que ver con la memoria de El Viejo, que ahora sabemos que estaba bastante mitificada. Hemos de pensar, de todas maneras, que estos cambalaches son habituales en política. A mí me gustaría saber, por ejemplo, cómo acogió JFK –“Yo también soy berlinés”, ¿recuerdas?– la propuesta de su aliado y qué vueltas le dio al asunto antes de descartarlo.

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