Mientras en España se sugería desde el entorno del Gobierno que la descalificación de nuestra deuda por la decisión técnica de Estándar & Poor’s no merecía crédito ya que este mismo instituto fue el que se estrelló en su predicción cuando el crak de Lehman Brothers, en Portugal, sin darle tiempo al tiempo, los jefes de los dos grandes partidos se han  reunido de urgencia para alcanzar un pacto que llegue a los mercados como un mensaje de serenidad. Los portugueses son gente seria –seria y digna, como bien sabemos los españoles fronterizos—y han creído imprescindible anteponer el interés de la nación al de los partidos, en un gesto que, con toda seguridad, contribuirá no poco a ahuyentar lo que ya se conoce en Europa como el fantasma griego. Gente seria. Un diplomático de postguerra acaba de referirnos las duquitas negras que tuvo que pasar  cuando pretendió pagar a los EEUU el primer plazo de amortización del empréstito recibido por su país del Plan Marshall y hasta hubo que pedir autorización al Congreso americano para recibir aquella insólita restitución, única conocida, tras la cual el gran responsable del sistema financiero portugués le aclaró la razón de su peregrino empeño: “Es que un país pequeño sólo tiene una manera de hacerse respetar y esa manera consiste en no deberle nada a nadie”. Es verdad que por entonces aún no habían hecho furor la teoría especulativa de que las grandes fortunas se cimentan sobre grandes deudas, pero aún así hay que reconocerle a aquella dictadura portuguesa un sentido del honor que tenía mucho que ver, seguramente, con la visión derecha de la economía y sus compromisos. Hay anacronismos que conservan, por debajo de su desfase temporal, un grave sentido práctico.

 

En medio de este desconcierto generalizado nada llama tanto la atención como la incapacidad de los políticos para entender la cosa pública como un objetivo superior a sus intereses. España puede romperse como se está rompiendo, las instituciones degradarse como se están degradando, la ruina hacerse presente cada día con mayor gravedad, sin que la mezquindad partidista ceda en su empeño de mantenerse terne ante el adversario caiga quien caiga. Toda esa tropa se troncharía ante el gesto honorable de un país que devuelve sacrificada y honorablemente lo que debe sin necesidad de que se lo reclamen siquiera, porque la política –que nunca fue una profesión moral, por supuesto—se ha convertido ya, quién sabe si irreversiblemente, en un oficio trilero. La democracia moderna yace enferma inmersa en un Sistema podrido. Se puede eludir esta evidencia pero de ninguna manera evitar sus efectos devastadores.

5 Comentarios

  1. Este tío no lee el periódico, me parece. O no quiere enterarse de lo que pasa en España. Peor para él.

  2. Verdaderamente es un buen ejemplo. Aquí no admiten el acercameinto porque prima el interés electoral por encima de todo y las elecciones ya están a la vuelta de la esquina. Es muy malo que los políticos sean los únicos “profesionales” a los que no afecta la crisis, porque ello les quita la necesidad de luchar contra ella.

  3. Hasta ahoar decíamos, en lugar de lo que acaba de escribir Akela, “yo quiero ser francés, o ingñés o americano o alemán”. Vamos, como puede comprobarse, de mal en peor, pero me temo que la cosa no es para tomada a broma.

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