Nadie puede dudar de que el maestro Barenboim sea un genio, ni cuestionar, en consecuencia, que la Junta de Andalucía pague su alta factura para acercarlo a nuestra comunidad y que, en justa correspondencia, él se muestre agradecido a Chaves por su munificencia y mecenazgo. Ahora bien, escucharle decir que no cree que “haya otro gobierno en el mundo con más visión y preocupación por los temas culturales que el de Andalucía”, lo deja a uno patidifuso. Poderoso caballero es don Dinero, ser agradecido es ser bien nacido, de acuerdo, pero Barenboim –que recibe de la Junta seis millones de euros más otros generosos pelotazos (conciertos en Granada y Sevilla, por ejemplo) haría bien en moderar un optimismo que lo lleva derecho al ridículo del adulador. La política cultural andaluza está mucho más cerca del desastre que del éxito, y la operación Barenboim tiene más de propaganda y amiguismo que otra cosa. No se olvide el nivel de nuestra cultura, por dónde andan los indicadores, cuáles son nuestros clamorosos fracasos. Beronboim, en este caso, ha hablado como un ventrílocuo: desde el estómago más que desde la cabeza.

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