La última vez que hablé con Ángel de Lucas, hará cosa de un año, tuve con él el último entrañable rifirrafe porque le dije –acababa de leer el interesante libro editado por Antonio López Pina sobre “La Generación del 56”—que por fin le habían encontrado una decente peana biográfica: la generacional , que incluía a gente tan diversa como Tomás y Valiente , Enrique Múgica, Jesús Ibáñez, Jorge Semprún, Javier Pradera, Peces-Barba, Alfonso Ortí o Martín Villa. Pero la paz volvió a nuestro diálogo en cuanto le sugerí mi doble teoría de que, primero, eso de las “generaciones”, –más allá de las elucubraciones epistemológicas que tanto se han prodigado desde Mannheim a nuestro Ortega pasando por el nazi Hans Juretschke y tantos otros—no son más que conceptos artificiales; y segundo, que, en cualquier caso, es verdad que al “continuum” que es la Historia resultan utilísimos esos artefactos taxonómicos. Se divirtió cuando le dije que, eso sí, esa Historia no se entendería sin tener presente los diversos y sucesivos “espacios comunes” que, sobre todo, con el tiempo, acaban dando la impresión de que a sus protagonistas los reunía, en efecto, una suerte de espíritu o conciencia común que determinaba su relativa (y significativa) aproximación ideológica, de manera que los considerados pertenecientes al 68, por ejemplo, no éramos, sino hermanos menores de los del 56. Cuando hace dos años López Pina lanzó su libro ya se nos habían ido Ibáñez, el gran Tomás y Valiente y Manolo Vázquez, pero a la pérdida de Ángel ha habido que añadirle en este periodo las de Semprún y Pradera, aparte del grave accidente de Boyer.

Y recuerdo que Ángel, con esa ironía suya casi subrepticia pero siempre bondadosa, me dijo que me fuera preparando porque pronto los sesentayochistas seríamos hermanos mayores de otras cohortes no menos ajenas a nosotros que la suya a la del 46 o a la de la Guerra Civil. Hay una sociología española de fina vitola (la de los Giner o los Linz) como hay otra situada “al margen del Centro”, como decía Ortí, en la que se sitúan los sabios como Ángel de Lucas, conscientes de su papel de manijeros del Sistema, pero dedicados, paradójicamente, a su crítica implacable y, como consecuencia, adscritos al purgatorio de la incorrección. Ángel era uno de estos últimos y lo sabía. Al fin y al cabo el caso no resultaba raro en un país donde Valle-Inclán anduvo por debajo de Benavente o Dicenta.

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