Acabamos de ver la imagen de Kichi, el alcalde gaditano, arengando a los trabajadores en términos motineros y se nos ha venido a la cabeza otra imagen memorable, la muy admirable y severa de uno de los mitos básicos de la acracia española, Fermín Salvochea, el “Cristo anarquista”, un antecesor de Kichi en la alcaldía de Cádiz, que repartió sus bienes entre los pobres a excepción de una mesa alta, sobre la que dormía confiado hasta que una mala noche, al caer de ella, perdió la vida. Un “tieso” voluntario o un soberbio evangélico, como ustedes quieran, que viajaba en burro llevando en el serón pan asentado y queso viejo por todo viático tal como le exigía el credo fraterno que él supo elevar a la máxima coherencia. Las protectoras gafas azules que distinguían su icono acabaron por ser familiares lo mismo en las cortijadas en las que predicaba su buena nueva solidaria como en las memorables redacciones que divulgaban por entonces la utopía de su cristianismo ateo. El doctor Vallina, entre otros, consagró desde la emoción ese edificante retrato moral y en la obra de Álvarez Junco dispone el lector del mejor y más cercano análisis sobre el personaje y su mundo.

Si hogaño Kichi arranca las placas memorables de sus discrepantes, Salvochea empleó a fondo, durante su mandato,  la “piqueta municipal” para derribar conventos, y su talento retórico para difundir su insólito proyecto fraternal. Y aunque acusado alguna vez y sin fundamento de magnicidio, no predicó nunca la violencia: su fama hagiográfica le ha sobrevivido en el formol del pacífico apostolado que quiso y supo mantener incluso durante el tiempo que duró el ingenuo cantón gaditano.

Kichi es otro tipo, qué duda cabe, tan seguro como va por la vida bajo la protección constitucional y –pagado con un sueldo suculento, además del que, por su lado, apaña su señora– limitando su afán a un rencoroso revanchismo localista para culminarlo desde el podio impune  predicando el exceso y consagrando el gesto radical de unos exasperados por la explotación que conocen, por experiencia, la inutilidad de la furia y los graves riesgos que implica su empleo. Nada que ver, pues, con el apostolado de aquel “santo laico” que, en sustitución del que prescribe la Ley, Kichi ha entronizado en su despacho. Normal, bien pensado, viniendo de un discípulo de un tal Pablo Iglesias. Salvochea, el amigo de Vallina y de Federico Urales, el admirador de Voltaire y de Paine, fue discípulo, en cambio, de Owen y de Kropotkin, de la utopía fourierista o del compasivo Eugenio Sue, aunque en el hondón del subconsciente crepitara silencioso el milenario mensaje cristiano. Ése es el cara o cruz de un ganapán insensato frente a la vieja utopía fraternal de alguna Izquierda olvidada.

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