Hablamos tantas veces con locuciones prefabricadas y utilizamos tantos símbolos en nuestra parla, que no solemos pararnos a considerar ni su origen ni su razón. Hay un viejo libro, el que José María Iribarren tituló “El porqué de los dichos”, que lo es de cabecera de muchos buenos lectores y hasta de más de un filólogo, pero quizá no encontremos otro similar que se ocupe de aclarar de dónde nos viene ese regato caudaloso de fórmulas que empleamos sin sospechar que nos llega desde lejanas fuentes clásicas. Consciente de ello, el profesor Juan Jiménez Fernández ha elaborado un trabajoso y cultísimo ramo de explicaciones de los “Proverbios y frases proverbiales del griego al castellano” (Ed. El Almendro) que heredamos de Grecia, de su historia, de su mitología y de su literatura, una obra por momentos apasionantes y siempre instructiva que nos descubre, entre el políptoton y la diáfora, la haplolalia y la síntesis, por qué empleamos hoy fórmulas tan repetidas como “el hilo de Ariadna” o el “conócete a ti mismo”, junto a otras menos reconocidas como “cantar la palinodia” o el refrán “zapatero a tus zapatos”. Jiménez es un pozo de saberes, un conocedor profundo de las más recónditas fuentes clásicas, al tiempo que un paremiógrafo atento, y ha conseguido fraguar un libro, yo diría que apasionante, que nos permite asistir a una vivisección del habla corriente y, a quien lo desee, la oportunidad de navegar seguro por ese inseguro piélago. Una hazaña, ciertamente, en medio de esta España tan campante ante la cuchufleta aquella de “más fútbol y menos latín” que dictara en tiempos algún ministro.

 

El mérito mayor de un libro culto es, a mi juicio, el de ofrecerse al lector con calculada sencillez, y este de Juan Jiménez consigue atrapar al lector por el procedimiento de ofrecerle sus soluciones filológicas y en un espléndido formato narrativo, el sentido originario de cuentos como el del perro de Alcibíades o de fábulas como la que habla de “la Arabia feliz”. Vean por qué no es lo mismo ponerse como una furia, un basilisco, una arpía o una hidra, o descubran lo infundado del porquero machadiano de Agamenón. En pocas ocasiones, créanme, he cerrado un libro tras leerlo con la sensación cumplida de salir de su lectura ganancioso y divertido a un tiempo. Yo les recomiendo vivamente recorrer esas páginas sabias y diáfanas aunque sólo sea para tomar un respiro en medio de este vórtice inclemente que nos vapulea sin remedio.

8 Comentarios

  1. Habrá que procurarse esa joya, viniendo de usted la recomendación. ¿Se acuerda vuesa merced cuando interrogábamos a don Julio Casares sobre estos temas? Ay, don jose, cómo pasa la vida, tan callando.

  2. La verdad es que resulta muy curioso averiguar el origen de esas expresiones hechas, tantas veces de origen bíblico, griego y romano. Pocos ejercicios tan útiles para comprende la evolución de una lengua y valorar los ingredientes de nuestra cultura.

  3. Pocas veces, cuando se nos invita a la lectura de un libro, se nos hace con la pasión y el interés con que acaba de hacerlo nuestro Anfitrión. Y él ha leído millares, centenas de millares de libros. Y curiosamente hoy nos incita a leer uno que es, según nos cuenta un tesoro de humanidades.

    No niego que me ha hecho ir al diccionario más de una vez. Pero por otra parte se desplanta ante quienes no son capaces de escribir más que los 140 caracteres dichosos, donde pocas cosas caben salvo los latiguillos que se ponen de moda y algunas pretendidas ocurrencias. Desde ese “ γνῶθι σεαυτόν” al ‘solo sé que no sé nada’, toda la columna invita al conocimiento, al descubrimiento, a la exploración culta. Gracias, maestro.

  4. No somos consciente de que el idioma, la lengua es un conglomerado de elementos muy diferentes, adquiridos por el hablante, o mejor, por el grupo, solamente a través de los tiempos. Libros como el recomendado sirven para recordarnos y ya me basta a mí al menos con el hecho de que don ja lo compare al famoso de don J. M. Iribarren. Yo desde luego voy a buscarme un ejemplar.

  5. Filólogas y todo y este puñemero hombre nos ha hecho recurrir a más de un diccionario, hasta que al final hemos dado con el infalible del maestro Lázaro Carreter. Pero, cuidado, que no va en ello reproche alguno. El nivel léxico que jagm impone en sus escritos más puede beneficiar que lo contrario, por supuesto. ¿Qué habrá quien deje en suspenso la lectura ante la dificultad? Claro, es posible, pero no estamos tan seguras. Eso sí, dentro de una “generación LOGSE” más deberá añadir un glosario a su escritura.

  6. No conozco el autor ni la obra pero bien conozco el olfato de este lector impenitente y su agudeza crítica, de manera que ya me he encargado un ejemplar a pesar de la lejanía. Es interesantísimo, como se ha dicho, conocer la lengua por dentro, filiar las voces y expresiones, porque nos permite asomarnos a ese proceso fabuloso que es la creación y desarrollo del idioma.

  7. Bien poco entendemos de lo que decimos, de las etimologías primordiales, de las locuciones que recibos del uso ya conformadas y anónimas. Por esa razón es recomendable una obra como la que ofrece gm en su columna, seguro que más documentada y exigente que muchas de las que andan por ahí a la sombra de ciertas instituciones.

  8. Interesante recomendación, querido amigo. Es usted tan incansable como generoso. Yo también buscaré la obra, que me agrada ver que es editada en una editorial cristiana.

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