Con cierta frecuencia se habla de Amancio Ortega, el fabuloso empresario gallego, creador de Inditex y del holding inmobiliario Pontegadea, con entrecortadas razones que cuestionan su proceder empresarial. ¿Será verdad que subemplea a mansalva, que incluso deslocaliza en busca de márgenes más amplios, que es, en definitiva, uno de esos que se están forrando, no a pesar de la crisis, sino apoyándose en ella? Uno no lo sabe, y líbreme Dios de hacer eco a rumores inconsistentes (por ahora), pero de hecho, según la prensa especializada, Ortega habría más que duplicado su fortuna desde que la crisis comenzó.  La revista Forbes atribuía a Ortega hacia 2008 un fortunón de casi 18.000 millones de euros, cantidad que lo situaba en el octavo lugar del ránking mundial de millonetis, pero, ay, en 2013 le atribuye nada menos que 42.000 millones largos de euros, o lo que es lo mismo, una cantidad que demuestra que, desde que la crisis asomó la cabeza, don Amancio ha más que duplicado su tesoro. Han crecido pero menos –según esos medios—personajes del “top ten” mundial como Carlos Slim (el patrono de Felipe González) o el gran Bill Gates, pero lo de Ortega es que clama al cielo, oigan, pues ese hombre de perfil gris parece haber descubierto mejor que nadie la clave de una situación que trae arrastrando el ala a la inmensa mayoría. Sólo el holding mencionado, corralito de sus bienes inmobiliarios, vio elevado sus beneficios en un treinta por ciento en los últimos ejercicios. ¿Será este gallego gris otro rey Midas, el que convertía en oro todo lo que tocaba? Aquí y ahora me limito a constatar esas cifras que dicen más sobre la índole de nuestra crisis que todas las prédicas de los ecónomos.

 

Todo encaja, sin embargo, si bien se mira. A Amancio Ortega lo ha venido Dios a ver con la generalización  del mileurismo, con la caída de los precios, con el entreguismo de la mano de obra aquí y en todas partes, de manera que nada de raro tiene que –bien provisto de reservas financieras— “su” crisis haya sido para él más bien una oportunidad que un traspiés. Cada día, en fin, es más ancha, más enormemente ancha, la grieta entre ricos y pobres, entre potentados que controlan el marcado y currelantes que, mano sobre mano, se someten indefensos a sus arcanas leyes. ¡Que verdad grande la del pesimista: en este mundo cuando uno gana un duro, otro lo pierde! Ignoro si Ortega conoce este “dictum” o no pero me temo que, para el caso, es igual.

4 Comentarios

  1. Seguramente el Anfi, y otros muchos coblogueros, conoce los versos de Campoamor: ¿Cómo sabéis mi mal?…// -Para un viejo, una niña siempre tiene// el pecho de cristal.

    Para este viejo Epi su único rato de asueto es la hora de la compra, diaria aunque sea innecesaria y conversa inocentemente con las chicas que le atienden en las tiendas. Y le dicen que en Berskha o en Mercadona, no es oro todo lo que reluce de la pomposa leyenda del buen trato a sus empleados.

    Bien lo dice el Anfi: con la generalización del mileurismo, con la caída de los precios, con el entreguismo de la mano de obra… no es oro todo lo que reluce en esas condiciones laborales que algunos alaban.

    Ay, las uvas de la ira.

  2. Si pueden, no se pierdan el optimista artículo –¿oxímoron?– de Antonio Escohotado de hoy en El Mundo.

  3. Oí hace poco en la brújula de Alsina que la diferencia que debería ser más relevante no es la que hay entre los que ganan mil euros al mes y los que ganan millones, sino entre los que ganan mil euros y los que ganan cero.

    Allá se lo hallen los tíos gilitos del mundo, con su pan se lo coman. Me importa que haya menos pobreza, no menos riqueza. No creo que, necesariamente, allí donde uno gane, otro pierda.

    Saludos

  4. Respeto hoy con mi silencio el dolor de don ja por la pérdida del poeta Félix Grande, uno de sus más íntimos amigos, me consta, desde sus tiempos juveniles. Conociéndole me lo imagino arrastrado. Por mi parte, mi abrazo más fraterno.

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