Dos obispos españoles han competido con denuedo la semana pasada ver quién la decía más llamativa y menos razonable. Allá ellos, por supuesto, que no me meto ni por asomo en su jurisdicción, y los creo, además, sobradamente adultos como para saber dónde le aprieta el zapato a cada cual, pero permítanme expresarles respetuosamente mi desacuerdo con unos criterios que seguro que pueden lastimar gravemente –sólo por atenerse a la letra o rutina de la norma tradicional—el sentimiento de los creyentes, aparte de dar pábulo a la lógica rechifla de los enemigos, que los hay a puñados. Al obispo de Córdoba no se la ha ocurrido más que reflexionar en voz alta sobre la castidad, es decir, en definitiva, sobre el uso de esa facultad humana elemental que es el sexo, concluyendo, como si mirara ciego a su alrededor, que su uso queda vedado a todo célibe en un mundo que hace mucho que liquidó ese tabú primordial. Al de Valladolid –a quien el padre Arzallus llamaba “un tal Blázquez”, por cierto–, por su lado, le ha picado la mosca de humillar nada menos que a la Vicepresidenta del Gobierno –en plan tragedia de Samuel Beckett– prohibiéndole pregonar la Semana Santa local por el hecho, hoy enteramente común, de estar casada sólo por lo civil, criterio que creo que luego ha matizado, con muy buen sentido, rebajando una exigencia tan absurda. ¿Saben esos purpurados que la edad actual de iniciación en el sexo está en los trece años para las mujeres y que uno de cada dos matrimonios canónicos se separa, por lo común antes de dos años? Toparme en la prosa del prelado cordobés con la palabra “fornicio” me ha desalentado tanto como ver de qué manera tan soberana se ponía en la picota a tan alta institución sin conocer las circunstancias que seguro que explican la opción secular de esa mujer joven a la que, por tantos conceptos, monseñor debería considerar más próxima que lejana.

¿Se darán cuenta nuestros pastores de que el proceso de secularización avanza que se las pela, de que las Iglesias están casi vacías o de que la gente joven –fuera de jornadas y festivales “mediatizados” a alto nivel– hace mucho tiempo que ni siquiera concibe esas prescripciones abstinentes? Ahí tienen los obispos el festín financiero o el saqueo público, las guerras injustas o la debacle del sida, la explotación del trabajador o las defecciones gubernamentales, para lucirse en sus homilías sin necesidad de meterse en berenjenales tan ásperos. Gide sostuvo que los adolescentes demasiado castos rompen fatalmente en viejos disolutos. Yo no diría tanto pero me permitiría aconsejar a los monseñores que echen un vistazo a su alrededor.

3 Comentarios

  1. Me veo obligado en conciencia a darle la razón, querido don ja, no sin subrayarle que la rectificación aludida cambia mucho las cosas. No sabemos cual es la ciurcunstancia de esa señora, por supuesto, y me parece que cerrarle la puerta a los creyentes por razones canónicas –a salvo, casos de gravedad extrema– no deja de ser una sinrazón.

  2. Como católica, aunque para algunos no lo parezca, no tengo más remedio que decir que comparto totalmente su opinión. Cuando no dicen estupideces se pasan el tiempo reuniendose para tal o para cual, las misas son mortecinas, la caridad no se ve en una iglesia ni por asomo, y por otro lado la juventud necesita de ideales y los pobres de ayuda directa no de sermones. A veces me desespera la Iglesia. Con perdón Padre.
    Besos a todos.

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