Vaya verano que nos está dando del debatillo en torno a nuestras tradiciones. Se cuestiona el folclore más enraizado como si en ello nos fuera la existencia misma de las patrias (porque ahora hay muchas, chicas y medianas), se eleva la polémica sobre las corridas de toros –un clásico desde Paulo V a Manolo Vicent pasando por la reina María Luisa y Eugenio Noel—a la categoría de discurso fundante de la identidad nacional, mientras que un casuismo ultrajesuítico trata de salvar de la quema, y nunca mejor dicho, barbaridades como las juergas demóticas de los toros de fuego, igualmente propuestas como cimiento de la personalidad colectiva que, ya ven lo que son las cosas, no repugnan al animalismo secesionista. En España, país de cabreros, como dijo el poeta, no es extraño que el populacho se divierta arrojando cabras desde la torre o degollado gallinas al tirón por mano de los mozos competidores, ásperas tradiciones cafres que poco tienen que ver con la lidia reglada del toro bravo más allá de los aspectos inevitablemente primitivos que ésta conserva. En países tan civilizados como Inglaterra se pirran por el espectáculo del ciervo despedazado por la jauría y desde una sociedad frígida como la finlandesa acaba de llegarnos la imagen de un incauto achicharrado en un concurso de saunas, con lo que quiero decir que los pueblos son muy suyos –todos—y no sé por qué hay que considerar más brutal torear a un morlaco que cocer viva a una centolla o devorar lenguados vivos. En ninguna parte está escrito que la tradición sea esmerada. Y yo no niego que sea deber de todos ir esmerándola pero con la condición de que no escape ninguna.

 

En España hacemos tradiciones de incidentes y las consagramos con el sacramento de la cultura antes de que los antropólogos las eleven el séptimo cielo de su disciplina. Pero si miramos en derredor lo que comprobamos es que en este país no poco duro de mollera la única “tradición” que hemos sido capaces de inventar contemporáneamente ha sido esa “tomatina” que, de manera tan sugeridora, representa en vivo la guerra latente a la que alivia por la espita de una ferocidad que, significativamente, acaba por teñir de un rojo sangre inconfundible a tirios y troyanos: la derrota perfecta. Curioso: los mismos esprits fins que ven impertérritos como convulsiona el rodaballo despiezado diestramente en el shuchi, se horrorizan ante un puyazo en lo alto o un par de garapullos asomándose al balcón. Y encima defienden los “correbous” como si la tortura fuera divisible y la tradición lo justificara todo. Que nosotros no hayamos inventado más que la “tomatina” parece confirmar que ya no damos para más.

11 Comentarios

  1. Usted no debe de haber asistido njnca a una tomatina. El folclore, todo floclore, es inventado, alguna vez fue la primera. ¿Qué tiene contra esa diversión?

  2. ¡Cuánta razón lleva ne casi todo lo que dice hoy! Han hecho un dogma de las “tradiciones”, aureolándolas de hechos culturales, antropológicos, pero no como Caro Baroja, es decir, rebuscando con cuidado en el acervo tradicional, sino aceptando sin más lo mismo la cabra o la pava arrojada desde el torreón que el toro acribillado porel sadismo de los mozos. Una tradición de mierda que no merece respeto vale tanto hoy para estos bobos que algunas viejas instituciones canonizadas por el tiempo y el uso. Así nos va y pero que va a irnos.

  3. Peor, Clara, peor. Porque cualquier vaina que repiten dos interesados tres años seguidos, al cuarto, lo llaman tradición. Por cutre que sea.

    Tradición-tradición, lo que se dice tradición, la ablación del clítoris y ayer una ilustre prosociata en una tele amiga casi la defendía. No la defendía, voto a bríos, pero caminaba por el filo imposible de la navaja.

    No sé si aquí, pero algo dije sobre lo que supuso el peto del caballo de picas. La Fiesta tendrá que aggionnarse de todas todas, que no va a ser suficiente buscar ‘el toro artista’ o empozoñarlo de valium. Doctores tiene el Cossío. Lo de los patos degollados o los toros con brea ardiendo es cuestión de denunciarlo con el Código Penal en la mano.

  4. Tradición es casi todo enm la vida: todo lo que no es plagio, como saben. Tradiciones hay en la dieta que son de juzgado de guardia, com,o las hay en el régimen laboral o en la práctica penitenciaria. Hay Estados en los que la horca o la silla eléctrica es una tradición mientras en otros son considerados oprobios. La tradición no se inventa –dice–, pero alguna vez hubo que inventarla, como ya se ha dicho aquí. La ablación de la que habla doña Epi, la castración química de nuestras democracias avanzadas… Ojo con la tradición, pero sobre todo, ojo con los tradicionalistas,. Tanto con los de los toros como con los de los “bous”.

  5. Estoy harto de que llamen cultura a cualquier hecho social: la cultura culinaria y la cultura defecatoria. Todos es cultura. ¿Y entonces que es CIVILIZACIÓN? Los de la cabra y la pava serñan muy “cultos” pero no están civilizados. ¿Se puede llamar “cultura” a eso de cortar troncos como bestias? (Tradición a suicidarse en una sauna ardiente o a beberse cien cervezas en Munich?

  6. Ya saben lo que pensamos los volterianos de esos engendros. Entiendo que los hay de diferente naturaleza. Los bárbaros no se explica por qué no son eliminados de una vez por todas, los menos bárbaros por qué no son reducidos a un control razonable, lo del peto de los caballos de picador a que aludía doña Epi. La gente se divierte y nadie tiene por qué cuestionar la naturaleza de su diversión … mientras se mantenga en los límites de lo civilizado. Fuera de esa consideración, no es soportable que a nuestro alrededor se produzcan hechos salvajes.

  7. Atinada reflexión, brillante en muchos momentos. Hay muchos “agujeros negros” en la España profunda, un poco como por todas partes, pues el hombre es un animal más o menos aculturado que conserva mucho instinto en sus entretelas. Habría que confeccionar una relación de barbaridades, pero unos amigos me contaron hace años algo que vieron en no recuerdo qué país oriental: cómo en ciertos restaurantes ofrecían comer en vivo cerebros de simios que el propio camarero hacía aflorar trepanándolo burscamente con una especie de guillotina horizontal… El horror que me prodce ese recuerdo no me permite seguir escribiendo.

  8. Lo de la tomatina, si no lo dioven unos cuantos como usted, va para consagrado en la antropología de las fiestas no siendo más que un rito gamberro en el que usted ve muy cuerdamente bun símbolo terrible. Cuando lo veo cada año en el telediario siento que se me viene abajo la moral colectiva.

  9. No se sulfure, don Peri, tan tempranero, y lea la columna aliñándola con la imprescindible dosis de ironía. No se puede ir por la vida malhumorado, hombre. De otra dorma, se habría dado cuenta de la guasa que encierra hoy la dichosa columnilla.

  10. Lo de la tomatina es genial: ¡nuestro único invento folclórico! Debería utilizar más estos temas divertidos (que no están reñidos con el saber), porque ultimamente le dedica mucha atención a las políticas aburridas. Créame que se lo digo con la mejor voluntad.

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