Esta vez la sorpresa científica nos llega desde la universidad de Berkeley, en la que, según leo en la revista Current Biology, unos neurólogos han logrado filmar en imágenes los flujos sanguíneos registrados en el cortex visual de tres sujetos hasta permitir relacionar los espectros recogidos de la actividad cerebral, con el fin de reconstruir en imágenes los extractos visionados. Los sueños ya no son lo que eran, ni en la preocupación de Filón sobre la proximidad de los nuestros con el éxtasis, ni en la posterior de Artemidoro que veía en ellos una suerte de retranqueo del alma sobre sí misma, como no darían pie hoy al juego que con el concepto se trajo un Shakespeaere, con sus elfos y filtros de por medio, o un Calderón a la hora de popularizar ese tópico reaccionario o integrador que sugiere la condición onírica de la vida real. En mi juventud he leído yo a una eminencia española explicar en su manual que soñar con la apertura de un paraguas equivalía a vivir subliminalmente la erección, por no hablar de la ortodoxia freudiana, que la mayoría de los espíritus inquietos de mi generación vivimos con devota simpatía, aunque luego, ya más que miteado el sigo anterior, hayamos asistido a la secularización de unos sueños que conservaban en ellos mucha materia mítica, mucho Zeus transformado en cisne o en lluvia de oro para seducir la inocencia de las doncellas. La Ciencia ha materializado, como si dijéramos, esa materia sutil con que el poeta decía que estaba urdido y bien trabado el tejido de nuestra vida, hasta reducirla a ondas registrables en el escáner como quien captura los espasmos geotectónicos hasta reducirlos a la clave elocuente de una curva o de una imagen. La distancia entre ensueño –el “enypnio” griego—y la visión onírica es hoy ya una dimensión meramente física, sin prodigios misteriosos ni dioses de por medio: somos “física”, es decir, “biología”, que tanto monta, de modo que hasta lo más sublime de nuestra actividad resulta tan prosaico como maravilloso lo que creímos durante siglos que era nuestra marca divina. Con un simple encefalograma, Nabuco habría mandado a Daniel a los albañiles.

 

Algunos encontramos en esta galopada materialista una esperanza y, al tiempo, una desilusión, algo así como el mismo chasco del despertar del sueño grato, que suele ser el más frágil. Pero hay en ella un anuncio seguro de progreso sobre la materia misma que ni los hipnólogos más entusiastas habrían podido imaginar. He cerrado el Curren Biology y abierto la Biblia por el episodio en que José, después de afeitarse, tradujo el sueño de Faraón. No hay color, palabra. Que perdonen los sabios, pero no hay color.

3 Comentarios

  1. Precioso artículo. No comprendo el silendio de los casineros aunque tengo comprobado que en casos com éste desaparecen. Raro, raro, raro. Una vez más la ilustración de un hecho científico masticado y cais digerido para su inmediata asimilación. Si yo fuera más castizo, que no lo soy, le diría eso de “¡Ole!”.

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