El Marx que en “El Capital” habló largo y tendido del fetichismo de la mercancía se quedaría hoy colgado a la vista de los procesos de valorización del producto que trascienden las circunstancias mismas de su producción. Él decía que un náufrago como Robinson no podría conseguir mercancías en sentido estricto porque, para que un bien adquiriera esa condición, precisaba de un público y la inevitable secuencia psíquica derivada de la vida comunitaria, que es la responsable del contagio fetichista de la cosa, y jamás hubiera podido imaginar, supongo yo, la rara aventura del fetiche en las sociedades de masas y, menos todavía, las experimentadas por él en la sociedad de la imagen. Me entero de que Pelé percibe más de un millón de euros al año a cambio de permitir que su imagen acoja, bajo  su prestigiosa aureola, lo mismo estimulantes sexuales que bebidas refrescantes que, de algún modo, el consumidor considera contagiadas de las imaginarias  virtudes del icono. Y lo confirmo ante la noticia de que una serie de diez sellos con la imagen de Audrey Hepburn tocada de una amplia pamela y fumando con una larga boquilla en una escena de Desayuno con diamantes” –editada en su día por los servicios alemanes de correos y prohibida por la familia—acaba de conseguir en una subasta berlinesa la nada despreciable cantidad de 430.000 euros, que habrán de dividirse solidariamente entre los propios hijos de la actriz y la causa de los niños pobres que ésta abrazó en el seno de Unicef. El dominio de la imagen ha conseguido refundar la “magia de contagio” hasta convertirla en un milagroso y potente transformador del objeto en algo así como una parte hipostática del sujeto y eso, qué duda ceba, abre las puertas a un negocio exponencial. Desde que las Cruzadas lo hicieron posible, nada había igualado al negocio de las reliquias como este trapicheo del desván del famoso.

 

Las subastas de enseres personales de las estrellas son ya un clásico de esa industria eminentemente americana y ahora, por lo que se ve, también participa de ella, incluso en Europa, la mera imagen de la celebridad cuyo potencial mágico no hubiera sospechado ella misma. Lo cual supone toda una revolución en la teoría del valor y un volantazo descontrolado en la propuesta teórica de las plusvalías que no pudieron imaginar siquiera sus genuinos muñidores. La teoría clásica se viene abajo como un castillo de naipes ante la sideral distancia que separa ya la valía intrínseca de la cosa, incluyendo todos sus añadidos, y el precio de mercado que surge de improviso en el ambón de un subastero. El pensamiento dialéctico anda hecho mixtos. Menos mal que ya no se aplica.

1 Comentario

  1. El tema me hace recordar al millonario Poncher que compró el nicho que estaba encima del de Marilyn Monroe donde descansaría bocabajo para asegurarse una eternidad en buena compañía.
    La feliz eternidad de Mr. Poncher sólo duraría unos años porque su desconsolada viuda lo exhumó para vender el codiciado nicho por más de cuatro millones de dólares.

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