El sistema penal norteamericano se ha negado a conceder la libertad condicional a Susan Atkins, la matriarca de la “familia Manson”, a pesar de padecer un tumor cerebral que hace prever un pronto desenlace. No ve motivos el sistema penal, como no lo ven las familias de las víctimas, para que aquella asesina diabólica –ella fue la que degolló a Sharon Tate en medio de la orgía—tenga ningún privilegio, ni siquiera tras cumplir cuarenta años de su cadena perpetua, estimando que una cosa es la discreta conmiseración que se le debe a todo penado y otra muy distinta la sensiblería. Aquí en España, la noticia coincide con las que nos llegan del País Vasco, donde la “familia De Juana” perpetra un claro alzamiento de bienes para burlar la indemnización que pesa sobre ese asesino en serie, y la “familia Aspiazu” repite la burla por el procedimiento de adquirir en subasta y a la baja la mitad del negocio embargado al criminal con el fin de deducir sus indemnizaciones. De Juana y Aspiazu vivirán, pues, junto a sus propias víctimas lo que, a mi juicio, constituye un alegato supino contra un sistema penal y penitenciario como el que padecemos, mientras los manguitos se deshacen en elegantes argumentaciones que conducen al absurdo a través del garantismo más imprevisor. En Francia o en Italia se pudren en la cárcel, a pesar de las vidriosas circunstancias judiciales en que se desarrollaron sus respectivos procesos, los asesinos de ‘Action Directe’ y los últimos alucinados de las ‘Brigadas Rojas’, sin que nadie preste oídos a las voces que, de vez en cuando, se levantan en su favor, en contra de una mayoría probada de la opinión pública. España es el paraíso del convicto siempre que éste no sea un infeliz.

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Situaciones como las aludidas han vuelto a reabrir el debate sobre la cadena perpetua y el cumplimiento íntegro de las penas impuestas por los tribunales, un debate que, en cualquier caso, de poco servirá ya para la legión de asesinos que campan por sus respetos sobre la sangre derramada al amparo de la propia Ley que violaron de manera tan brutal. Se dice y repite que a De Juana le ha salido por menos de un año cada vida arrebatada y se almidonan esos manguitos para manejar una interpretación ultraformal de la norma que resulta tan inobjetable desde la formalidad como insensata desde el sentido común. ¿Por qué la democracia española ha de derrapar por el lado libertario a las sólidas democracias occidentales, dando lugar a espectáculos tan esperpénticos como el que supone ver a esos atroces delincuentes manejar diestramente una Ley que hace años que debió reformarse? ¿Por qué los beneficios penitenciarios han de aplicarse al contumaz o al reincidente, qué extravagante pulsión nos empuja a mostrarnos buenos hasta la debilidad, permitiendo situaciones tan injustas como las que padecen las víctimas como consecuencia de tan exaltada lenidad? El debate, eso sí, será una pérdida de tiempo en tanto no se recurra a un método más expeditivo y democrático como podría ser, por ejemplo, un referéndum que descubriera el verdadero sentir de los españoles frente al establecimiento de fórmulas punitivas similares a las que rigen en casi todos los países sólidamente demócratas. Leo en la prensa americana que la firmeza mostrada por el sistema americano al mantener en prisión a la Atkins no es rigorismo sino coherencia, y pienso en cual sería la reacción de la inmensa mayoría de los españoles si se les anunciara un cambio legal por el cual esta insólita galería de malvados hubiera de permanecer a buen recaudo de por vida. Lo que no tiene sentido es que 3.000 años se queden en 17, que las familias burreen al Estado levantando impunemente los bienes del malhechor o que las víctimas hayan de cruzarse con él en la escalera. Esta democracia, implacable tantas veces con los débiles, ha resultado un coladero para estos malvados tratados con guante de seda.

2 Comentarios

  1. En un precioso facsímil de ‘cervantesvirtual.com’ se puede leer el artículo 7 de la Pepa, donde se dice textualmente: “El amor de la patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles, y asimismo el ser justos y benéficos”. Esta misma ingenuidad, idéntica inocencia se repitió más o menos 166 años después con nuestra Consti del 78, esa enferma de progeria, que aparenta noventa y pico cuando en unos meses solo cumple los treinta.

    Ni silicona, ni lifting, ni cosméticas. Esta pobre anciana necesita una cirugía reparadora a fondo, donde escalpelo y altas dosis de quimio la vuelvan útil para al menos quince o veinte años más. Después, que venga –o ya habrá venido- el diluvio.

    El asunto que trata el Jefe es un ritornello sobre el que ya nos hemos varias veces manifestado los habituales del casino. (Un millón de besos para cuantos me aludieron ayer cariñosamente. Y para todos los demás también. Ah, mi don Páter, servidora se pasó del pelo frito a la media melena gris cuyas puntas me arreglo de tarde en tarde. Nada de rodetes ni medias de lana. Ya le explicaré un día cómo me lo imagino a su Reverencia).

    ¿Qué es eso de la reinserción? ¿Y los permisos y flaquezas del régimen carcelario, como automatismos tantas veces inmerecidos? ¿Saben que tenemos el porcentaje de población reclusa más alto de Europa? ¿Cuántos reinsertantes aprovechan sus permisos para cometer idénticos delitos que los que están pagando? Si un aficionado a los Miró o dos gabardineros de apellido supieran que hasta que no devuelvan el último ochavo que mangaron, no van a pisar la calle, otro gallo cantaría en esta bosta de toro donde saltan las lágrimas al saber que a un asesino le caen cuarenta mil años de trullo, pero antes de que se cumplan unos pocos trienios va a estar paseando por la plaza de su pueblo.

  2. Sí señor, ¿Por qué los beneficios penitenciarios han de aplicarse al contumaz o al reincidente, qué EXTRANA PULSION nos empuja a mostrarnos buenos hasta la debilidad…?
    Creo que padecemos el síndrome de la culpabilidad. Somos los malos, los culpables sea cual sea nuestra actuación. Y eso no tiene remedio.

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