La verdad es que andamos asomándonos a un año imprevisible con datos más que mejorables y en volandas de extrañas noticias en nuestra vida pública. Da la impresión de que pudiéramos estar penetrando en un territorio temporal inexplorado en el que el celeste concierto de los astros repetiría sin solución de continuidad la antigua intuición de Henri Miller de que la realidad está escrita en la partitura del caos. ¡Qué novedades, Dios! Nada más abrirse de capa, enero nos anuncia que, si bien la vida colectiva resbala a la deriva sobre el plano inclinado de la incertidumbre, le existencia animal acaba de conquistar derechos que para sí quisieran muchos humanos, entre ellos el reconocimiento jurídico de los perros auxiliares del discapacitado, en la práctica, como “miembros de la familia” en la que prestan su servicio, concepto que hubiera desbordado al mismísimo santo de Asís.

Pero esa imprevisible pirueta cultural no nos llega sola sino acompañada de una decisión del TC que, al archivar un recurso, deja intacta la idea sicalíptica emitida por dos tribunales menores, de que la felación del deudor/a, así, tal cual, sea considerada como medio legítimo de pago para compensar a su acreedor/a. ¡Al diablo las teorías de Houellebecq y sus indiscreciones sobre Joyce o Henri James! Los manguitos del TC han desacralizado en un pispás, con su inhibición, todo intento de idealizar la sexualidad que, en adelante, será una simple y regulada moneda de uso legal.

No hay quien entienda estas novedades del año entrante, y menos que ninguna de ellas la que nos ofrece el Real Decreto en el que el Rey concede a Pablo Iglesias –como “muestra de Mi Real aprecio”, ¡hay que joderse!– la Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden de Carlos III. ¡De Vallecas al cielo! ¿Es para descojonarse o no lo es ver esa encomienda en manos del capo antisistema, del mismo bolivariano que predica la destrucción de la monarquía constitucional y sin despeinarse llama ladrones al Emérito y al reinante?

2020 viene precedido de una gratuita fama de año reparador, en el que la pandemia será encorsetada como endemia y el maná europeo podría permitir la hazaña de la reanimación económica bajo el arcoíris de la vida normal. Pero la historiografía más sensata nos tiene avisados desde siempre del riesgo que supone confiar en las apariencias, en especial cuando frente a ellas se yerguen como menires signos tan graves de decadencia civilizatoria como los que supone equiparar a irracionales con “sapiens”, supeditar la dignidad al empréstito o ver a un todo Rey forzado a publicar su “ real aprecio” a un piquetero universitario. Malos comienzos (se dice) quieren los gitanos. La mayoría, espero, no creo que sea tan optimista.

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