La escena en el puerto de Huelva replica –salvadas las obvias distancias— la odisea contada por Otto Preminger en la película “Éxodo”. No son esta vez las víctimas del terror nazi, sino las provocadas por la pandemia entre las imprescindibles 7.000 recolectoras marroquíes aisladas en Andalucía tras la pasada cosecha, a las que su país, ajeno a que “toda persona tiene derecho a salir de su país y a regresar a él” (Declaración de los Derechos Humanos), ha negado durante largos meses, por miedo a un eventual contagio, el permiso para volver. España ha regateado como ha podido el pleito cuidando de no molestar al moro a pesar de que ella fue la interesada anfitriona, y el inmolestable quién recibió alborozado las remesas de divisas enviadas por aquellas. Otra deuda que nuestra paradójica dependencia de esa mano de obra agraria acumula en su apretado debe.

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