No sé qué presiones de no sé qué colectivo feminista de Estados Unidos ha logrado que la autoridad recuerde a la policía el derecho de la mujer, consagrado en una ley desde 1992, a exhibir el torso desnudo allí donde los varones tengan reconocido esa misma libertad. Cuentan que los policías de N.Y. no respetaban ni mucho ni poco esa norma por lo que ha sido preciso reconvenirles y darles instrucciones para que no molesten a las exhibicionistas ni siquiera en el caso en que su “demostración” llegara a ocasionar tumultos, como es previsible en ciertos casos y circunstancias, supuesto en el que lo único que podrán hacer será dispersar a los mirones y despejar la zona. El argumento del legislador apunta a la igualdad entre los sexos y, verdaderamente, tenía poco sentido permitir a los varones pasear desnudo su palmito y prohibírselo a las hembras. Ahora bien, incluso a los entusiastas de esta medida, como yo mismo, nos ronda por la cabeza una cuestión que no deja de tener su aquél psicológico, y es, concretamente, cuál puede ser la razón que subyazca a esa pulsión exhibitoria que resulta mucho más notable en las mujeres que en los hombres. Bien entendido que el papel atribuido al cuerpo ha ido cambiando con los tiempos, como demostraron en su imponente “Historia del cuerpo” Alain Corbin y sus colegas, cambios que no han sido lineales, por supuesto, sino atenidos a vueltas y revueltas de la imaginación que han abarcan desde el noble desnudo clásico o salvaje al “burka” de los intolerantes. Sé bien que la sexualidad contemplada desde la moral no es la misma cosa que la sexualidad considerada desde la psicología y por eso mismo me hacía la pregunta sobre la pulsión exhibitoria femenina sólo concebible, a mi juicio, en las sociedades coercitivas. La diferencia es sencilla: la Venus de Milo no sabe que está desnuda; la Maja desnuda, sí.

¿Es la hembra más exhibicionista que el varón, comporta esa tendencia una cierta cosificación del cuerpo o, por el contrario, resulta libertaria? Lo único seguro es que en cuanto se generalice la exhibición decrecerá el interés y hasta, probablemente, prospere eso que André Chastel llamó alguna vez “la estética de la mirada”. Hasta “tres dedos por debajo del hoyuelo” autorizaba un obispo “ilustrado” mostrar el pecho femenino. Si viviera hoy y echara una mirada alrededor vería con cuánta fe y generosidad sigue su doctrina la juventud doliente.

7 Comentarios

  1. Esa pulsión de que habla, la exhibicionista femenina, es obvia. Se trata de la conciencia o subconciencia del poder que le proporciona el cuerpo, en tiempos remotos como ahora, un bien en apariencia escaso. La mujer, decía Ortega, es “atractiva, esencialmente atractiva”, como recoge jagm en su antología y estudio “Hablar con propiedad”.

  2. No sé de qué o de quién me suena la frase “Vistas, pero no escuchadas”. Igual en alguna referencia beauvoiriana. Lo cierto es que mientras las nacidas en el bello sexo alcanzan cada vez más cuota de protagonismo, en temas hasta hace poco excluisvamente “masculinos” –ahí tienen a la Merckel–, por otra parte los medios audiovisuales más se empecinan en exhibir un bello cuerpo femenino, mientras más desnudo mejor, para vender lo que sea.

    Nuestras muchachas ven ya pues, como lo más natural del mundo no solo ostentar un busto explosivo, sino mostrarlo justo hasta el borde de las areolas. Estaba claro que el paso siguiente ya se ha dado. Con lo cual no creo que haya otro después sino el de recatar ese misterio, en cuanto hay por ahí mucho wonderbra o similares.

  3. Nunca entendí la demonización del cuerpo. Tampoco comprendo el afán exhibitorio, sólo explicable, como se ha dicho ya aquí, como un instrumento de atracción y dominio, es decir, en última instancia, de poder. “Rescatar el misterio”, dice don Epi… Hay pasos de la humanidad que no tienen caminos de vuelta.

  4. Cómo se ve, mi don Páter –cuánto se le respeta y se le aprecia en esta casa– que no se dedicó mucho al estudio de la moda. Como en tantas otras instancias de la vida, está sujeta a variaciones pendulares. De la alegre y descocada soltura de los años veinte del Veinte se pasó a la modestia más o menos hipócrita de los cuarenta.

    Tal vez lo más chocante del tema sea contemplar cómo el exhibicionismo puramente gratuito se ha extendido a nuestro sexo. Tanto efebo y menos efebo luciendo palmitos poc menos que de escayola. Dijo la zorra al busto, después de olerlo…

    Ah, y muchas gracias por esa “s” que se me perdió en el teclado.

  5. Bien apuntado, don Epi (recordemos el desnudo clásico…) aunque me parece que a nuestro cura no le falta alguna razón aquí y ahora: creo que se refiere a nuestros horizonte concreto, a nuestra circunstancia, en la que posiblemente eso que usted llama “exhibicionismo puramente gratuito” no tenga, en efecto, marcha atrás. ¿Nuestros nietos…? Bueno, eso ya lo verán ellos. Cojn otros ojos, ni que decir tiene.
    Nota bene: No le hablen de nietos a don ja porque pierde los papeles…

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