¿No decía Nietzsche que Europa acaba en los Pirineos? Una pregunta tan fuera de lugar en el ámbito de la Unión Europea ha resonado esta semana con fuerza, tras la enésima agresión de la Justicia (¿) belga a esa España lejana que, aunque hoy por hoy crezca en paz más que el resto de la Unión, no logra deshacerse del dictado post-romántico que la resigna, geográfica y culturalmente, a al ámbito africano. ¿Imaginan qué hubiera ocurrido en Francia si los gascones, además de quemar la tricolor, teatralizan en la tele una DUI y bautizan republicana a su histórica región? Cito a Francia por no señalar a Gran Bretaña, patria belicosa de la que hablan con espanto los secesionistas de Escocia, Irlanda o Gales, y, claro está, por no recurrir a la solanesca imagen de la Yugoeslavia que propició la inhibición continental. Y hablo de España, una democracia combatida pero entera hasta el momento, que parece que podría sucumbir, traicionada por la alianza del PSOE con todos y cada uno de los partidos que han prosperado a la sombra de la misma Constitución que se proponen destruir.

No cabría imaginar una más eficiente máquina de eurofobia que la constituida por las instituciones europeas junto a esa Justicia belga que bien podía tentarse la ropa ante el seísmo permanente que viven los Países Bajos, la tragedia balcánica o la implícita crisis británica, en lugar de concentrar el fuego amigo sobre el socio español. Lo que resulta inaudito es que, a estas alturas, aún funcione en la mentalidad europea aquella oscura imagen de España surgida en el XIX y fraguada a la sombra del franquismo, el chafarrinón que logró aislarla durante la larga Guerra Fría ilustrado con la foto del “encuentro de Hendaya” y la goyesca póstuma de los últimos fusilamientos. ¿Por qué esa opinión justiciera no sanciona la sangría francesa en Argelia, el feroz pasado colonial inglés, o por qué olvida el apocalipsis de la Alemania nazi, mientras mantiene con tanta perseverancia su ojeriza contra la actual democracia española?

El Gobierno que en estos momentos fragua con sigilo la disidencia española se verá asistido por la defección de unos socios europeos que apoyan fuera de sus fronteras lo que tras ellas rechazarían de plano. Es extraño que no alcancen a ver que un eventual fracaso constitucional de España acabará por rebotar sobre sus propias Constituciones y quién sabe si incluso liquidará el sueño de la UE. La indigna victoria pírrica de Sánchez no esperaba, seguramente, un apoyo tan solícito de quienes, siquiera en defensa propia, deberían haber cerrado filas con la democracia que los nuevos conjurados se disponen a arruinar en España.

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