Nadie sabe qué le ocurre a Europa, por qué esos duendes poderosos, los “mercados”, parecen complacidos en arrebatarle toda lógica al costoso proceso de recuperación que se está haciendo. No querría repetir lo de Ortega: “No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”. Europa misma ha adolecido siempre de una idea fatal de sus posibilidades, como lo prueba que su historia es la crónica de sus guerras intestinas, aunque no menos que se forman a partir del XVI cada cual empestillado en ese trvial comodín de los “caracteres nacionales”. Muchas buenas cabezas se han ocupado de Europa. Entre las últimas, la de Ortega, diseminada entre tantas páginas, la de Díez del Corral en su “rapto de Europa”, la de Adrados en su discurso de entrada en la Academia de la Historia y la Carmen Iglesias en su contestación, por hablar sólo de las de casa. Y muchas de por ahí, entre las que me quedaría con la de Edgard Morin. ¿Qué pasa para que todos se empeñen en gobernar una realidad federalizada pero sin federalismo, incluida la Izquierda que nunca llegó a superar el virus del cantonalismo subyacente en lo que aquí se entiende por soberanismo regionalista. Me encuentro en un libro de Aquilino Duque una propuesta de Vicente Risco que me deja parado: “La esencia de Europa es la inestabilidad, la variación, el cambio, la ‘viravolta’. Europa es la parte del mundo que se cansa de todo, del Bien, de la Justicia, de la Paz. Se cansa de ser la primera, de ser ejemplo y modelo, se cansa de sí misma. Si Europa no se cansase seguiría siendo la Cristiandad”, es decir, la única “civilización” de la Historia que ve en los “derechos humanos” el fundamento de su entidad. Europa, añadiremos, es el espacio más bélico del planeta, una unidad de destino en lo militar, un manicomio entre Freud y el electroshock.

Tiene no poco de utopía la idea de unirla para garantizar la paz. Pero ¿y para vivir, cómo podría vivir plenamente unida? Eso temo que no lo sepa nadie, incluyendo a los gurús, lo cual nos lleva derechos a la teoría de la conspiración. Hay gran distancia entre Grocio y Risco, pero, miren, ambos comparten un ideal asociativo. ¿La Merkel? La Merkel no es más que una que ha hecho bien sus deberes pero que no sabe qué hacer con el sueño continental. Como no lo sabe Hollande ni ninguno. Nuestra única esperanza está en la refundación del continente. La doncella lleva demasiado tiempo a lomos del toro blanco.

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