Desde que murió Ted Kennedy ando perplejo ante la reacción crítica que ha decidido hacer de él un mito. Otro más. Los pueblos necesitan mitos y cuando no los tienen a mano, los inventan y a otra cosa, como si esos referentes que tanto tienen de ilusorios, fueran un requisito de la vida colectiva. Por supuesto que la dinastía Kennedy reunía muchos elementos propicios a la mitificación, pero también es verdad que, con lo que ahora sabemos, sobran razones para repintar esos perfiles en sus rasgos más humanos, a veces demasiado humanos. Resulta curioso que las conductas privadas de los hermanos asesinados o las graves aventuras con que turbaron hasta el límite el inestable equilibrio de la Guerra Fría, no hayan pasado factura a sus famas póstumas, hoy por hoy intactas si no mejoradas por el propio halo mítico. Pero más estupendo resulta si cabe que del chisgarabís que siempre fue el hermano menor se haya hecho, también a título póstumo, una figura nacional, se le haya titulado retóricamente “el león de Massachusset” y hasta hayamos tenido que escuchar a Obama –bien consciente de la utilidad política de los mitos—que fue nada menos que “el amigo de los que nada tienen”. Desde siempre los pueblos se han dejado arrullar por la divinidad de sus césares o han sobrevivido creyendo a pies juntilla en que sus reyes curaban escrófulas imponiendo las manos, eso que alguien ha definido como “la fascinación del carisma” y que ha prestado al Poder tan alto servicio sublimando su realidad humana y, tantas veces, como decía antes, niestzcheanamente “demasiado humana”. Apenas un puñado de voces (la de Luis Olivencia entre ellas) ha osado oponerse al turbión entusiasta considerando que el famoso accidente mortal en el que el joven Ted mostró su lado oscuro, tuvo de positivo librar a USA y al mundo de su mandato. Puede que nos frían por decirlo pero, antes o después, la Verdad nos hará libres, no lo duden.

La clave del kennedismo es, obviamente, el prestigio de la tragedia. Un presidente y un candidato asesinados, puñados de desdichas familiares, vástagos perdidos en la flor de la vida, glamourosas viudas alegres, la sombra de la leyenda planeando sobre un apellido: todo ello ha contribuido a fortalecer el mito que arrancó trágicamente en Dallas pero que para despedir a Ted ha debido burocratizarse para que Obama lo explotase adaptándolo al suyo propio. Ted Kennedy es un ejemplar clásico de esa oscura aristocracia que es uno de los bastiones más firmes del imaginario americano, un “activo parásito” de la maquinaria pública que, refractado sobre la carencia básica del sistema, se presenta hoy nada menos que como el referente de la “izquierda” imperial. La democracia, lamentablemente, tiene mucho de revistón ilustrado. La consagración heroica de Ted Kennedy ha sido su último gran reportaje.

16 Comentarios

  1. Ole. ¡Un tío que dice lo que piensa! Una raya en el agua. ¿Ve por qué cada mañana enchufo este invento y leo sus columnas, querido amigo. Los Kennedy son una estirpe de señoritos de Boston, brillantes y peligrosos, nietos de la Mafia, «upper class» a tope. Me alegro de su valiente toma de postura. Todo el mundo sabe que Ted era un chisbarabís curtido en los pasillos de ese laberinto que es la política americana. Salud.

  2. Martín Prieto se encuentra entre los que no sedeshicieron precisamente en elogios para el último Kennedy fallecido.
    http://www.elmundo.es/opinion/columnas/martin-prieto/2009/08/19058957.html

    En cuanto al panegírico de Obama, pues lo mismo: ¿no fue Obama el que dijo que judíos, árabes y cristianos vivieron felices y contentos en un ambiente de mutuo respeto cuando Al-Andalus?

    Por mi parte, el interés que suscita JFK reposa, por una parte en el bonito y valiente discurso en Berlín, por otra en la glorificación del personaje en la película del mismo nombre, por Oliver Stone.

    Saludos.

  3. Bogar contra corriente debe de ser agotador, pero ennoblece a quiem aguanta. Me ha hecho pensar la columna, la verdad, porque yo ntambién estaba empezando a iluminar al difunto a causa de tanta propaganda. Me parece que jagm lleva razón al decir que es la falta de liderazgo y referencias lo que propicia estas explosiones controladas. Pero de todas formas esto siempre fue así en al Historia, casi sin excepción, me parece a mí, porque la Historia –la que suele abrirse paso y quedar– se escribe como se escribe, es decir, desde el Poder.

  4. El mito, el mitologema, los mitos, ¿habrá alguien capaz de ganar en esa cancha un solo set a nuestro Anfitrión? Lo que ocurre es que nos lo pone fácil, derribando con una sola de las pelotas de trapo a ese monigote más falso que las monedas de tres euros. Qué acierto: gracias a la cobardía de niñato borrachuzo que se deja olvidada a la secretaria (?) muerta y abandonada en el charco aquel, Chappaquidick, o como c… se escriba, nos libramos de un tercer K enviando napalm a Vietnam y copulando hasta con las cortinas de la Casa no tan blanca.

    El puyazo a B. Hussein Obama también, ¿será por oficio?, en lo alto del morrillo. El negrito se ha intoxicado con un resumen apañado y apresurado de la reconquista hispana y se tragó -y nos lo vomitó- el cuento de las tres culturas de Al-Andalus, que cuando se profundiza un mínimo en los entresijos de bereberes y árabes, mozárabes y muladíes, sin olvidar a los omnipresentes hebreos, se descubre un hormiguero de traiciones, engaños, perjurios y felonías que con Abderraman III, el K de la época, alcanza su esplendor.

    Como remata la columna, etiquetar al león de Massachusset de izquierda del Imperio es un camelo solo apto para algún ignorante y sansirolé como por ejemplo, el buey bôbitô que hoy pasta en la Moncloa.

  5. Crítica sincera y equilibrada (piadosa, dadas las circunstancias), para contrarrestar en lo posible –por uno que no quede– la campaña de elogio universal organizada por el neokennedismo. No se le escapa a nuestro amigo el mecanismo de reproducción del poder en la democracia americana, que noes otro que la burocracia política.

  6. Reflexiones de esta mañana en el trabajo (docente). Algunas discrepancias, pero en general, coincidencia con la tesis de la columna de jagm. Alguien, un matemático, que además coone Estados Unidos, señala la discración con que el autor se deshace del mitificado héroe sin revolver su Historia, como con razón ha hecho en su comentario nuestro Yamayor. ¿Quien en aquel país ni en muchos otros huibiera sobrevivido políticamente, es más, quién huviera hecho carrera política después de lo sicedido en aquel puente? Solamente un «hijo de la aristocracia», como despectivamente se refiere a los clanes burgueses Mills. El resto, políitca, política ne el peor sentido: pasilleo, influencias, lobbies, dinero, favores electorales, complots partidistas… La columna lo dice todo sin decirlo.

  7. ¡Éste es nuestro amigo, sí señor! ¿Un poco Caballero solo contra los molinos de viento? Puede que sí pero no se diga que no lo hace con discreción y mesura, al tiempo que con extrama rigidez de principios. Me gustan los hombres que se visten por los pies y son capaces de enfrentarse a la Opinión, ese ogro impredecible, con «su» verdad por delante.

  8. La gente es sentimental, no racional. Esta no es una propuesta elitista sino, simplemente, lógica, y que conocen al dedillo los neopopulismos contra los que jagm trata de ponernos en guardia. Por eso triunfa la idea de mitificar a un Ted K. que no ha sido en su vida más que un privilegiado a la sombra de un suceso, eso sí, gravísimo, porque probó su falta de entereza como persona. Lleva razón quien ha dicho que lo raro es que haya hecho carrera tras lo del puente y la pobre secretaria. Pero la gente necesita vivir de ilusiones y las ilusiones se construyen. Obama apoya esta estrategia porque Ted era el último Kennedy. Si no lo fuera es probeble que se hubiera limitado a asistir a las exequias como uno más.

  9. ¡Y yo que estaba agradeciuendo que no hubiera salido el tema del patriarca mafioso y la trama bostoniana! De todas maneras, el Abate lleva razón con su pulla aunque se me ocurran testimonios y críticas mucho más altas que la de Eliseo Bayo, dicho sea con todo mi respeto por ese hombre bueno. Dejémoslo en lo que la columna apunta (propongo): en que los pueblos precisan de los mitos y que la falta de liderato (la mediocridad) propicia los mitos. Me parece bastante sociología para un par de cuartillas.

  10. Con lo que queda demostrado -así decía un viejo profe mío de Mates- la hipótesis propuesta, esto es que ‘la libertad de expresión consiste en decir lo que los demás no quieren oir’. La cita, mi bibliotequilla menguante está muy lejos, creo que figura en el famoso prólogo de ‘Rebelión en la granja’. Nosotros lo decimos en este rinconcillo sin coroneles, pero el Anfi lo publica en papel con firma y afotillo. Con un par.

  11. Bravo y olé! Qué gusto, entre tanto panegérico que alguien con buena memoria y mejor juicio diga unas cuantas verdades de este senador. Recuerdo que cuando ocurrió lo de Chappaquiddick(?) era yo muy cría y me pensé que estaba acabado. La Familia lo apoyó. Sin ella no sé lo que habría sido.
    Besos a todos.

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