Continúa la polémica sobre los crucifijos, la batalla simbólica del anticlericalismo que recorre la historia europea desde la Ilustración, fogueada en el brasero romántico. Otra vez el apócrifo “error Azaña”, el espejismo de que el mal de España sanaría con el exorcismo laicista, al que tal vez debe el fracaso republicano más que a ninguna otra causa. Quemar iglesias y desenterrar momias es pura barbarie, pero racionalizar esa barbarie es un crimen de lesa conciencia. Claudio Magris ha escrito sobre el tema cosas memorables. Por ejemplo, que la laicidad no es un contenido filosófico sino un ámbito mental, que no sólo el clericalismo ingerente e intolerante contradice la laicidad sino también la “pseudocultura radicaloide”, que la intolerancia y el engreimiento laicista –“la arrogancia transgresora laicista”, dice él– han demostrado ser igual de agresivos que la intransigencia clerical. La escuela no puede no ser laica, de acuerdo, pero “sólo una mentalidad obtusa puede escandalizarse de que en una escuela (italiana, pero valdría decir europea) haya un crucifijo” porque ese símbolo, como advirtiera Croce, forma parte de nuestra civilización. Ahí tienen otra vez, sin embargo, la “cruzada contra la cruz”, como dice Santiago González al denunciar este “laicismo asimétrico” que defiende el velo islámico o brama –con razón—contra el contradiós suizo de los minaretes, mientras apuesta, como si en ello nos fuera la vida, por que se arranquen las cruces de nuestras aulas, incluso de las confesionales, ¡de todas!, según los separatistas o el propio Guerra. La demagogia es siempre más fácil que la política. Bobbio arremetía contra la “jactancia laicista”. No reparaba acaso en lo fácil y útil que ésta puede llegar a ser.

“Con aceite de linaza/ incendiaremos el país”, se cantó alguna vez en España con la música de la Marsellesa. Triste proeza. Y se quitaron, en efecto, los crucifijos como se empeñan en quitarlos hoy los partidarios de una multiculturalidad de la que sólo se excluye la cultura propia. El ejército de parados puede esperar, el caos de nuestros territorios, la amenaza (y realidad) del fanatismo integrista, la pobreza galopante, el desplome educativo, la plaga de la corrupción: nada de eso corre tanta prisa como librarnos del crucifijo. Media España contra la otra media, en definitiva, como en el óleo infame de Goya. Otra vez. Y sin que nadie lo pida. Guerra dijo que la guerra de secesión de los Estatutos era un invento exclusivo de los políticos al que el pueblo era ajeno. ¡Pues anda que éste! El encono unido a la ignorancia. Cómo será la cosa, que ZP no ha tenido otro remedio que pararles los pies.

11 Comentarios

  1. Como republicano me alegro de este razonamiento. Creo que atacar los fundamentos sentimentales de un pueblo es una locura. Me duele admitir que muestra política y gobernación atraviesa una etapa de oportunismo y ligereza que va a tener muy mala vuelta atrás.

  2. Me apresuro hoy, nada más leer la columna, a darle mi enhorabuena y también las gracias, no sólo como quien soy, sino en nombre de todo un pueblo que mayoritariamente quiere la paz religiosa hace ya mucho tiempo. Sólo esta incomprensible estrategia anticlerical provocada por el jefe del Gobierno está detrás de tanto disparate, al margen de que una ola de absurdo laicismo recorra Europa. Las citas de Magris son excelentes. Siempre nos trae usted buenas compañías, querido.

  3. Muy cuerda reflexión, al margen de lo que cada uno piense en materia religiosa, muy prudenet y al tiempo muy bragada, porque tal como está el patrio lo normal mes que lo frían, por lo menos sotto voce, los inquisidores de guardia.Apartarse del, pensamiento único tiene su coste y ja creo que lo conoce bien. Modestamente, uno también.

  4. Si nuestras relaciones sociales han de ser respetadas por el ESTADO, cada comunidad religiosa e incluso ideológica debiera poder implantar libremente con independencia de otras sus normas educativas.
    Dejar que el Estado controle y monopolice la enseñanza ciudadana.

    Si no es así, ni lo ciudadanos lo desean, solo hay una forma justa: han de desaparecer de la enseñanza todas las doctrinas religiosas e ideológicas.

    Todas las creencias e ideologías no violentas han de ser respetadas por equidad.

    Todo lo escrito anteriormente es una falacia: LAS IDEOLOGÍAS y RELIGIONES TIENDEN A LA HEGEMONÍA Y AL MONOPOLIO, Y COMO FÍN: AL PODER POLÍTICO.

  5. Muy valiente se me antoja la columna, por lo que veo y oigo. Viendo lo que pasa en España y leyendo a don J. Moreno puedo imaginar como camaradas pudieron sostener que la religión era el opio del pueblo, que Mao era el Gran Timonel y otras chorradas , todo de buena fé…..por lo menos al principio.

    Besos a todos.

  6. Disparates hay que oír, don ja, no haga caso. Usted ha dado hoy una leccióin de independencia de criterio (de criterio “de izuqierdas”, además) mientras que otros son incapaces de deshacerse de los cepos idelógicos que les pusieron. ¡Que se le va a hacer!

  7. Estoy por la enseñanza laica siempre que sea voluntaria y de calidad.

    Mis hijos tuvieron enseñanza religiosa y todos resultaron agnósticos por su propia razón, lo que me llena de satisfacción.

    Don JM, o yo soy muy lerdo o Vd. se contradice y además desbarra.

  8. Me figuro que muchos de ustedes no conocieron (jagm tampoco) aquel proceloso tiempo que recuerda la columna. Y me temo que el diagnóstico que hace ja es correcto: quizá acabemos pagando todos estas ocurrencias/improvisaciones gratuitas de un pobre hombre que se ha encontrado diriguendo un país con comerlo ni beberlo.

  9. Mientras en España unos politiquillos con poco sentido común y de escasas luces pretenden eliminar el símbolo de nuestros valores occidentales, la Cruz, se da la curiosa paradoja que se tiende a facilitar medidas políticas a favor de la extensión del Islam, ante una creciente inmigración musulmana que no siempre se adapta, entienden ni asimilan las costumbres europeas. Es, sin embargo, lo progre, lo políticamente correcto. Aunque les pesen a algunos, somos quienes somos hoy gracias al cristianismo, nuestras raíces como Nación son judeocristianas. En las edades oscuras el cristianismo ayudó a salvar a Occidente, preservando lo mejor de la civilización griega y romana. La Iglesia construyó la civilización occidental: Ninguna institución ha hecho más para dar forma a la civilización occidental que los dos mil años de la Iglesia católica a ella debemos una serie de ideas y formas políticas, tales como, progreso, justicia, igualdad, familia, la seguridad del imperio de la ley, un sentido único de los derechos humanos y de la libertad, la caridad como virtud, un espléndido arte y música, una filosofía fundada en la razón, ciencia moderna, la riqueza de la economía libre, la dignidad humana o Estado, que si han brotado en Europa es porque antes ésta quiso ser cristiana. El cristianismo definió Europa y dio a su vida un objetivo trascendente, permitiendo a los europeos adquirir por vez primera conciencia de sí mismos como miembros de una sociedad determinada. En España nuestras manifestaciones artísticas, culturales y religiosas tienen a la Cruz como estandarte de esa civilización donde estamos sumergidos. Desgraciadamente, en España el pretendido laicismo no parte de ese reconocimiento y respeto a las propias raíces identificando torpemente la Cruz como mero elemento religioso fomentado una política sustancialmente anticristiana (como ocurrió en la Segunda República). Estaría de acuerdo con un laicismo culto y tolerante pero jamás me identificaré con esta progresía ramplona, cateta, analfabeta y totalitaria, que pretende obviar o minimizar e incluso ridiculizar el cristianismo en general y el catolicismo en particular, como si se tratase de una ideología cualquiera. Pues nada, el Islam se extiende como la pólvora y llegará un momento en que ya no habrá suficientes cristianos capaces y dispuestos a defender su civilización, y con ella los principios y los valores conquistados. Algo así ocurrió en el año 711. Solo que esta vez, la destrucción se hará con la tecnología del siglo XXI. Si tal posibilidad llegara, sería el fin de EUROPA. El fin de nuestra civilización.

  10. Estúpida desición que vulnera constitucionalmente los derechos de los creyentes frente a los de los no creyentes, que sigan así

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