Parece que andamos de moda a juzgar por la atención que nos prestan desde Madrid los príncipes de la opinión. Raro es el día en que uno de ellos (o dos, o tres) no nos requieren para conocer nuestra opinión indígena sobre lo que ocurrirá el 19-J, un poco como el griego clásico requería a la pitonisa en Delfos antes de emprender el viaje, el negocio o la guerra. Desde que el llamado “Gobierno del cambio” desalojó al imperio sociata sin que el mundo se viniera abajo, Andalucía es vista cada día más como un hecho político clave en la política española, de la misma manera que, hace casi medio siglo, la victoria de Escuredo (quiero decir de Guerra y González) nos descubrió como el ariete indispensable de nuestro mapa electoral.
Pues ahora, lo mismo. Y hemos de atender a esas curiosidades que, en alguna medida, refuerzan nuestra imagen al darnos la voz que habitualmente se nos regatea en el coro nacional. Que cómo vemos (desde dentro, se entiende) el incipiente liderato de Juanma Moreno, que hasta dónde decrecerá Ciudadanos, que si la corrupción, que si el clientelismo o el presunto papel arbitral de Vox, que cómo explicar la implosión del PSOE en su propio fortín o la explosión incontrolada de las Izquierdas radicales…; todo eso, junto y revuelto, constituye el prejuicioso criterio de una opinión desconcertada por la sorpresa de una circunstancia andaluza que, como quien no quiere la cosa, ha hecho historia al desequilibrar la sólida tramoya del turnismo hasta ahora vigente.
Y en respuesta a tanto interés sobrevenido, algunos de los interpelados nos limitamos a extremar la discreción, pues tan indiscreto puede estimarse el menosprecio de un PSOE que conserva activa gran parte de su ubicua trama clientelar, como no apreciar la progresión del proyecto centrista que revela el creciente prestigio de Moreno ante el que, tras un eventual triunfo conservador, los tremendistas de Vox no podrán mantener sus arrogantes exigencias. Porque ni Andalucía es Castilla-León, ni cabría el cerrojazo frente a un candidato que superara a la suma total de las Izquierdas para ceder el paso a una temeraria aventura que, en cualquier caso, habría de ser un gallo descabezado. Llama mucho la atención a esos observadores la impoluta ejecutoria de una legislatura, como la pasada, sin un solo caso de corrupción, el atractivo de una probada voluntad de rebaja fiscal o la evidencia de una gestión de la pandemia más que aceptable. Vale, ¿pero ganará Juanma, alcanzará el apoyo de Ciudadanos para repetir el gobierno mixto? Pues eso no lo sabe más que la Pitia, aparte de que hay rumores de que el consultorio délfico anda atrancado en huelgas paralizantes co Correos, los aeropuertos o las urgencias médicas. Una conciencia democrática ha de ser paciente ante el funambulismo electoral. Y escarmentados por el traspiés de Arenas, cabe imaginar que Juanma no está dispuesto a despellejar el oso antes de cazarlo. Porque si su éxito no es seguro, el del conglomerado oponente no cabe ni en la prospectiva de Tezanos. Por algo será.

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