Supongo que en Europa muchos de esos dirigentes laminados por la crisis mirarán con estupor la aventura brasilera de la presidenta Dilma Rouseff. También ella se encontró con el semáforo en rojo al llegar al poder, también ella hubo de recortar drásticamente su presupuesto congelando los proyectos-estrellas prometidos en su campaña, algunos de tanta trascendencia como el de acelerar el ya veloz crecimiento o el de desviar al río San Francisco que convertiría en un vergel las vastas regiones del Norte del país, la prometida revolución escolar (aumentar en dos puntos del PIB el presupuesto de Educación) o la urgente reforma del Código Forestal. También se encontró con la corrupción –que fue, sin duda, la mancha de su carismático predecesor—pero ahí no le tembló el pulso y puso en la calle del tirón nada menos que a siete ministros en la que llamó “Operación Limpieza”, un gesto que seguramente contribuye extraordinariamente a explicar una popularidad que, al finalizar su primer año de mandato, supera de manera holgada el 70 por ciento, y el hecho de que el mismo porcentaje de ciudadanos que la eligieron siga aprobando hoy su gestión a pesar de sus forzados fracasos. Bien es cierto que ha logrado mantener un programa de protección social que hoy alcanza a catorce millones de hogares y cambiar un estilo de gestión que ha renunciado al populismo primario de Lula para acercarse a modelos más discretos, pero el caso es que parece haber logrado esquivar la laminadora de la crisis y batir su propio récord de prestigio. Brasil es hoy el gigante continental, un paraíso con severas necesidades y hasta miserias inauditas, pero con recursos que, de momento, aparece como la sexta potencia económica mundial, con todas las papeletas para arrebatar el quinto puesto, en el plazo de un año, a la propia Francia. Se puede vadear la crisis, pues, incluso aparcando promesas y contradiciendo programas, siempre que se advierta al timón una mano segura. Imagino que más de uno habrá tomado nota del fenómeno brasilero.

En España, por ejemplo. Habrá que aguardar hasta conocer la respuesta real de la ciudadanía a la también forzada dureza del plan impuesto por el nuevo Gobierno sobre el que no ha tardado un segundo en abatirse la misma crítica implacable que no parece tan interesada en el hecho del engaño contable heredado del anterior. Y comprobar el margen que la inteligencia popular de la situación concede a quienes habrán de obrar, en el menor espacio de tiempo posible, un nuevo milagro de los panes y los peces. A Dilma Rousseff parece haberla entendido un país que sabe lo que es vivir la miseria sobre el sueño de una riqueza colosal.

4 Comentarios

  1. No hay que ponerse nerviosos. A un Gobierno que recibe la ruina que ha recibido éste no se le puede exigir que saque la varita mágica. Convertir la Oposición en una zancadilla sería contrinbuir a la crisis. Me quedo con la imagen de la presidenta brasileña a la que hay que añadir la de la Merkel que empieza a recoger sus frutos a pesar de sus derrotas electorales.

  2. No es fácil aceptar impuestos. Comprender su necesidad, tampoco. Zapateroo ha dejado a Rajoy dos puntos más del déficit previsto –se dice. Y bien, no son dos, sino cuatro, porque se había comprometido con la UE a terminar el año con un 4 por ciento y lo ha dejado en un 6. Hagan la cuenta y pónganse en el luger de los recién rellegados. (Que conste que no los he votado, eh)

  3. Parece mentira tanta exigencia por parte de quienes han hecho lo que han hecho. En esta situación, me temo que llevan ventaja los culpables.

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