Recorre estos días la prensa europea el debate sobre la conveniencia de negar asistencia médica a los mayores, propuesto por una ecologista holandesa y respaldado por la propia presidenta de la Asociación Holandesa de Geriatría Clínica. Nada nuevo, después de todo, porque en Holanda –esa vanguardia ultramodernista de la postmodernidad— ya dio que hablar en su día el proyecto de facilitar la muerte clínica a quienes lo solicitaran por “cansancio vital” y la idea de que los 70 años constituían una frontera biográfica tras la que seguir viviendo fuera solamente optativo.

En fin, siempre he sostenido que hay en el mundo pocas cosas tan fariseas como ese generalizado prurito reverencial de la vejez que, en la práctica diaria, para nada se compadece con la dura realidad. No creo para nada, desde luego, en la profecía de Rostand de que mientras más envejezca la Humanidad más necesitará de sus ancianos, sencillamente porque un viejo –llamemos a las cosas por su nombre— resulta un estorbo para los más jóvenes que él, incluso si es heredable, y es obvio que, en las condiciones materiales de nuestra sociedad, ese anciano no tiene ya cabida en la tradicional “familia extensa” que durante muchos siglos fue su único refugio. He dicho ya que esos viejos son una carga condenada a la soledad, una humanidad destinada a sobrevivir y aún a morir sola porque sus vidas, improductivas usualmente, se dan ya por amortizadas. ¿Cuántas veces topamos con la noticia del hallazgo de un anciano muerto y olvidado en su domicilio sin que esa infamia dé para más de un simple titular?

Hay grupos humanos siempre primitivos que consagran la costumbre de permitir el holocausto voluntario de sus mayores, como el de aquel Dersú Urzalá de la taiga siberiana que, agonizando bajo un abedul, inmortalizó el cine de Kurosawa hace mucho tiempo, pero esas no son sino reliquias aurorales de una Humanidad todavía abismada en la creencia animista que , en la sociedad postindustrial, carece de todo sentido Para nosotros, los cuasi-civilizados, la eliminación del viejo es, sin más, el imperativo económico que rige el estatuto de la productividad: el que no produce que no viva. ¿No decía Terencio que la vejez es una enfermedad? Abrumados si se quiere, hemos de reconocer lo difícil que resultaría hoy discutirle esa opinión al viejo comediógrafo, porque la “tercera edad”, más allá de las soflamas buenistas, se ha convertido en un fardo en el ámbito urbano, y hoy, por lo que se ve, incluso desde cierto ecologismo, se redescubre como panacea ese indigno postulado que en su día vertebró la razón nazi.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.