El rey de Marruecos acaba de dar el triple mortal anunciando a los cuatro vientos una reforma política radical que ampliará los poderes del Parlamento, garantizando la independencia de la Justicia y el consabido respeto a los derechos humanos, es decir, que transformaría la autocracia actual de una monarquía constitucional más acorde con las exigencias planteadas por la Unión Europea. Ojalá. Pero la primera reacción de los observadores más atentos ha consistido en recordar que a su llegada al trono en 1999, Mohamed prometió lo mismo y mucho más, creó consejos y comisiones para la equidad y la reconciliación, y prometió una lucha contra la corrupción y la desigualdad que no se ha visto por ninguna parte. Se ha dicho que Marruecos ha pasado, en este sentido, de la esperanza al desencanto, pero lo cierto es que amplios sectores de la opinión cualificada europea han mantenido en alto ese pabellón incluso contra toda evidencia. Marruecos sigue siendo un país depauperado, con una temible tasa de paro, entre doce y quince millones de pobres, una oligarquía influyente y corrupta, una policía arbitraria cuando no brutal acusada con frecuencia de torturadora y una creciente desigualdad –la famosa “brecha” entre ricos y pobres”—que se amplía sin tregua bajo la autoridad omnipresente de un soberano que, a la sombra a su vez de Francia y EEUU, posee una fortuna que se ha multiplicado por diez y cuyos negocios particulares equivalen al 6 por ciento del PIB nacional, a lo que hay que añadir la presencia de un ejército fuerte al que el rey no ha logrado nunca, al parecer, controlar como lo hiciera su padre en especial tras los famosos intentos de golpe. Un anuncio como éste justo cuando los regímenes norteafricanos se desvencijan uno tras otro más parece un gesto previsor pero forzado que otra cosa que ni siquiera permite acreditar la opinión de que se trataría de pasar sin solución de continuidad de la dictadura a su primo hermano el autoritarismo. Ojalá, ya digo, sólo que cuesta imaginar cómo podría compaginarse ese reinado constitucional con la autoridad de un “jefe de los creyentes” que se postula directo descendiente del Profeta.

 

Nada o muy poco se cumplió de lo prometido en 1999 como lo acreditan el auge de la corrupción, el incremento de la pobreza, el olvido de la revisión de las responsabilidades políticas, la insustancialidad efectiva de la mejora en el estatus de la mujer, el maltrato a las libertades y en especial a las de expresión y a la de prensa. Es difícil renovarle el crédito a ese “rey de los pobres” que diez años después brilla destacado en el cuadro suntuoso de la revista Forbes.

4 Comentarios

  1. Nadie se va a creer lo que diga el Moro. Hay un «profeta» en su país que hace años viene denunciándolo como usurpador de las riquezas del pueblo, aparte de que fuera hay pocos que no le conozcan las intenciones. No se olvide que Marruecos es una gran finca, en la que el dueño deja medrar a sus aparceros. Hace poco José Luis Gutiérrez le ganó un pleito a la Casa Real que lo perseguía por hjaber publicado la participación de ésta en el narcotráfico…

  2. Tampoco hay que poner así, señores míos, al fin y al cabo Marruecos es como Andalucía aunque algo a lo bestia.

  3. No me extraña la descripción dura que hace usted del Rey de Marruecos, ni el comentario de Robin. Creo que las sumas que tienen todos escondidos por ahí sólo se saben cuando los estados deciden congelar los bienes y ( siento decir) los bancos pueden hacerse mucho más ricos con ello. Con todo , a pesar de la descripción hecha , en Marruecos no hay guerra civil, no se matan los unos a los otros, lo que , a mi modesto parecer, no deja de ser una diferencia esencial.
    Que el anuncio sea sólo eso, un anuncio, un movimiento oportunista no me cabe la menor duda. Con todo, pienso que alguna concesión tendrá que hacer. Y en ese sentido todo viene bien. No creo tampoco que se pueda pasar demasiado rápido de un gobirno autocrático a lo que llamamos una democracia.
    Besos a todos.

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