Unos científicos acaban de probar en El Teide un robot explorador con el que se pretende descifrar el enigma marciano. Es uno más de la serie, pues ya la NASA hace años que recorre la superficie roja de aquel planeta con sus “rovers” capaces de escanear la materia, retratar el paisaje y, llegado el caso, husmear la vida en su entraña. En el río Tinto –a orillas del cual murió en su alquería, viejo y vencido, el poeta Ibn Hazam– también andan los sabios trajinando sobre la hipótesis de que la circunstancia física es semejante o muy parecida a la del “planeta rojo”. Pero lo inquietante de este futuro maquinal no está, a mi modo de ver, en parajes tan lejanos, sino en el paisaje íntimo, esencial, del saloncito en el que pasamos media vida pendientes de ese prodigioso robot hertziano por cuya pantallita desborda sin tregua tan enorme caudal de información y también, claro está, de desinformación, que se ha convertido en el juguete más preciado del Poder. La discusión sobre el robot tiene ya sus trienios y gira tradicionalmente en torno al dilema de si la máquina que ayude al hombre ha de ser antropomorfa o sencillamente funcional, un dilema que el maestro Asimov resolvió sin dudarlo a favor del androide –recuerden la prosa de “Yo Robot”—mientras que su rival Ray Bradbury apostaba por ingenios y artificios adaptados a su misión y nada más. Hace sólo unos días, en una preciosa entrevista publicada aquí, el padre actual de la robótica, Joseph Engelberger, nos ha dicho muchas cosas sobre el tema: que lo de menos es la forma, que lo que cuenta es la movilidad (él apuesta por la rueda, como los druidas), que la técnica está a punto y que, en consecuencia, más vale disponer el ánimo de manera que no nos sorprenda demasiado la visita del robot prevista para dentro de poco. Engelberger es un tío práctico, nada poético como la mayoría de sus colegas, y predica a favor de una sociedad en que el esclavo de metal nos haga la comida, atienda el cuerpo de casa y libere al caniche amaestrado de su diaria tarea matinal de ir al kiosko en busca del periódico. Desde luego, como la muchedumbre inmigrante que trabaja en nuestros hogares haya leído lo que decía el sabio, no me extrañaría que haya perdido el sueño.

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Comparto con Herbert Read la idea de que el futuro robotizado es tan ineluctable que más vale ir preparando ya “la redención del robot”, como decía él aludiendo al hombre mismo que, en su momento, eventualmente liberado de tareas y funciones, habrá roto en pura máquina él mismo y necesitará, en consecuencia, de una segunda educación. Read recordaba hace sesenta años que si Karel Capek, el satírico que inventó la palabra “robot”, había visto en su tiempo cómo el hombre se transformaba en máquina, nosotros estamos asistiendo en el nuestro al proceso inverso, esto es, a la reconversión de la máquina en algo humano, tal vez demasiado humano, un hecho no previsto en la evolución de las especies que puede que acabe siendo el desafío supino vivido por la Humanidad. Se discute esta temporada en los EEUU el proyecto político y militar de construir robots guerreros que permitan a los generales hacer la guerra sin bajas y a los políticos vender a tres pesetas los duros de su ambición. Pero el futuro está en la paz, como el propio Engelberger admite al hablar de esa vivienda futura de inspiración bradburiana, en la que el pequeño artefacto con brazos y ruedas nos haga las tostadas y friegue la vajilla tras el desayuno. Y uno no tiene más remedio que estar muy de acuerdo con Head, precisamente porque cuando el robot nos haya liberado al fin de la maldición bíblica del esfuerzo, nos habrá llegado el turno de educarnos a nuestra vez para salir del estado de máquina pasiva en que nos habremos sumido y que augura casi todo menos lo bueno. Por lo demás, suelo decir que la sociedad desigual inventó, de hecho, hace la tira, el robot perfecto que come las sobras en nuestra cocina y funciona con unas monedas a fin de mes.

460 Comentarios

  1. ¿Has cambiado de proveedor de ADSL? Te sobra pues un módem o un router o ambas cosas. ¿Y cuántos ratones de dos botones, con bola, con puerto p2, cuántas impresoras, cuánta chatarra informática se te acumula en el despachete? Servidora que compró una cochera hermosa para que cupiera el carro y llenó una pared de estanterías, las tiene ya rebosando: dos vídeos, un combo dvd, dos monitores, uno b/n y otro en color, el viejo equipo de música con el invento del CD pero al que ya solo le funcionaba la radio, el televiosr viejo, un par de impresoras inservibles…

    Los jipys de los rastros ya no te los recogen, el ayuntamiento promete un servicio de recogida que no funciona. Una sabe que es inmoral sacarlo por la noche a hurtadillas y un auténtico crimen sacarlos a los descampados. Así, tó seguío.

    Los fabricantes de monitores y televisores planos saben que las cotas de saturación del mercado se van cubriendo, pero como la bibicleta, la producción no puede pararse porque se cae el tinglado. Y adiós, entonces sí que la habríamos hecho.

    Este sitio, con el permiso del Anfi, es tan bueno como otro cualquiera para elevar la voz y pedir que se cumplan -creo que la ley existe- por parte de las administraciones las reglas de recogida de basura electrónica que acumulamos en nuestors hogares.

    (oigg. Qué intervención más seria que me ha salido. Pido disculpas).

  2. Por la relación de desechos que confiesa nuestra doña Épi K parece una consumidora muy conservadora.
    Lo cierto es que lo que se tira no aprovecha a nadie y contamina y lo que se guarda para no volver a usarlo estorba indefinidamente.

    El gran avance de la era industrial fue la NORMALIZACIÓN y ahora resulta que los fabricantes de lo que sea huyen de ella como del diablo porque el negocio está en el derroche.
    Ahora cada aparato trae su propio juego de cables que solo sirven para él de modo que los avances increíbles de la tecnología que disfrutamos casi todos vienen lastrados con una colección de cables univalentes e imprescindibles que cuando necesitamos utilizarlos tenemos que pelear con la “caja de los cables” como Hércules con la hidra, pero hay de quien corte una sola cabeza porque habrá perdido no se sabe que estupendo robotito.

    Cuenten Vds. cuantos cables reúnen como soporte imprescindibles a teléfonos móviles, la cámara digital, el ordenador de sobremesa y el portátil, el teléfono inalámbrico, la radio, la tele, el video, el DVD, el GPS que también sirve para discutir con la legítima…

  3. “…doña Épi K parece una consumidora muy conservadora…” Huy, don Elitróforo lo que me ha dicho usted. Daría cualquier cosa para que con la webcam que no tengo me viera el careto: nada que ver con el look Botella, o Mari Espe, o con la señora mayor del PP que llevaron al trullo. Tampoco casa con Fernández de la Vogue ni, Dios me libre (tres santiguaciones seguidas), con la ministrita de Currtura. Claro que tampoco, vade retro, con la señora Bardem y similares.

    ¿Conservadora, moi? Quel horreur, mon cheri.

    Lo de Épi K, hasta con su acento ortográfico y todo, una joya. Casto besito.

  4. Una vez más el despiste: aquí se habla de robots no de chatarras, de dependencias e independencias no de problemas domésticos. Pero si se empeñan, pues nada, cada cual que cuente sus desvelos con el almacenaje del sobrante y todos contentos. Es raro que los dos anteriores, tan reflexivos ambos, hayan elegido este derrape por la banda. Todavía hay día largo, no obstante, Les espero sentada.

  5. Don Joaquín y don Serafín ya escribieron lo de doña Clarines. Nuestra doña nos abronca a mi don Elitróforo y a servidora. Agacho sumisa la cabeza y acepto la colleja. Una es así.

    Entre líneas -pero qúé vamos a hacer si una es torpe y no se le entiende bien- yo intentaba sugerir que la robótica, desde la minipimer al frigorífico inteligente, lleva tal velocidad que lo que un día adquirimos como esclavo de tareas ingratas poco después es un amo que exige atención técnica, conocimientos complicados, falta de comprensión cuando le damos una orden poco clara y responde a su manera…Y poco después, zas, se nos ha convertido en un cacharro pasado de moda antes de los tres años y el software necesita actualizarse pero el hardware ya no da para tanto.

    El frigo, cuando le pedimos cubitos de hielo responde que el móvil no le dio a tiempo la orden de fabricarlos, pero que las croquetas de puturrú de foie ya están descongeladas, aunque vengamos de cenar empanadillas de fuá de puturrú en el cyber mientras intentábamos concectar con el servicio técnico del canal satélite, que está fuera de servicio porque unos putos ánsares han chocado con la supermegaantena del cerro Lobillo, cuando por allí hace más de cuarenta años que no pasaban los bichos.

    El perrito de las pilas jamás nos mordisqueará una zapatilla pero tampoco sabrá adivinar cuando la melancolía nos invade y no se echará silencioso a nuestro lado y nos hará sonreir de pronto cuando lo veamos perseguir una mosca.

    El señor Head (traduzcan, traduzcan) que nos nombra el Anfi tal vez nos aclare qué hacer, en qué pensar, cómo aprovechar mejor el tiempo ese libre que antes ocupábamos en el fregado. Tal vez nos sugiera la lectura de un libro amigo.

  6. En efecto, doña Epiboba, el “señor Head” (supongo que se refiere a Herbert Read) sí que se plnateaba su problema, es decir, qué hará el hombre liberado de sus tareas por el robot el día de mañana. Eso es precisamente lo que lo índucía a postular la necesidad de una nueva educación, de una difícil “reeducación” del auténtico “robot pasivo” que para entonces será Sapiens. El libro al que remite ja fue una joya en su tiempo y lo sigue siendo, por más que modernamente hayamos comprobado que la carrera robótica implica tales problemas –le guste o no al mencionado Engelberger– que hace años que el Sistema se anda pensando qué hacer y, de hecho, “entreteniendo” la investigación para no causar demasiados estragos o efectos negativos junto con los esperados beneficios. Que Engelberger sostenga (yo también leí esa entrevista) que el robot no amenaza al trabajo carece de sentido. Lo tiene, por supuesto, la brillante idea de Read de plantear el futuro de una Humanidad progresivamente liberada del trabajo material, incluso antes de que Robot se apropie de la casa.

  7. Las palabras significan cosas distintas según quien las diga y a veces según quien las oiga.
    Conservadora, en éste caso, quería decir tradicional. No sé si me expreso, doña Épi K, quiero decir que solo compra lo necesario o que no es una forofa de las nuevas tecnologías.
    En ningún momento quise atribuirle una posición política que ya de eso se encargan los blogueros más críticos o criticones. Besitos pues.

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