Hay en la actualidad continuas noticias estupefacientes que afectan al des(Gobierno) de la nación. Se extraña el personal, por ejemplo, de la pasividad de su Presidente ante el desafío continuo del bloque opositor que encabeza, al menos en apariencia, su propio Vicepresidente segundo, y esa extrañeza suele provocar la ingenua exigencia de su cese o, al menos, de su reprensión. ¿Cómo es posible –se pregunta el peatón—que un Presidente consienta que su Vicepresidente defienda a capa y espada –¡en pleno Congreso!—la inmunidad de quien proclamó, por televisión y en directo, la independencia de la región catalana reconvertida en república, o pida a voz en grito la amnistía de aquellos golpistas? ¿Puede tolerar impasible ese Presidente el continuo e inconstitucional  acoso de su Vice al Jefe del Estado y a la institución que encarna, su intempestivo desafío a Marruecos o su indisimulado apoyo a la tiranía venezolana?

Quien plantea esos interrogantes no se muestra menos indignado por la inconcebible política de sumisión del sanchismo ante el mundo etarra o el apoyo manifestado expresamente por sus socios a la guerrilla urbana que, incluso con el pretexto más fútil,  incendia impunemente las calles de nuestras ciudades, y en nombre de tanto indignado, la leal Oposición reclama inútilmente unas reacciones que, en realidad, son sencillamente imposibles por la razón elemental de que no está en manos de Sánchez prescindir de Podemos o Bildu al ser éstos su imprescindible apoyo: no es posible un sanchismo sin Podemos, ni concebible un Podemos en el Poder sin un Sánchez. Nos gobierna una coalición fatalmente dependiente de un bloque antisistema y anticonstitucional confeso del que dependen por igual los dos socios. Las denuncias y amenazas podemitas no son menos ficticias que las matizaciones con que este PSOE degenerado trata cínicamente de adecentar su conchaba. Sánchez e Iglesias son dos creaciones recíprocas: ninguna de sus recíprocas insignificancias tendría donde ir sin el apoyo del otro. Sus discrepancias y peleas publicitadas a bombo y platillo no son más que la comedia pactada entre dos oportunistas farsantes que cuentan, eso sí, con la inocencia o la connivencia pérfida de un amplio sector mediático.

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