Sigo desde hace tiempo los debates en torno a las exigencias judías y árabes sobre el sacrificio de los animales destinados al consumo de carne, es decir, a los métodos “halal” y “kosher”, respectivamente, establecidos de antiguo en los libros sagrados. Hasta la ONU ha llegado esa preocupación por el sufrimiento animal que, según la Humane Society International y otras entidades, provocan esos sacrificios rituales en los que el animal es orientado litúrgicamente y el sacrificador invoca a la divinidad mientras secciona con un cuchillo afilado los grandes vasos del cuello y la tráquea hasta conseguir su desangramiento total. No hay ni que decir que el asunto tiene su trasfondo económico, especialmente en los países en los que las colonias inmigrantes suponen ya un factor relevante del consumo, pero en lo que más suele insisten los opositores a la matanza es en el argumento animalista del padecimiento animal. En Polonia, donde estaba prohibida esa práctica, la Dieta acaba de rechazar, con los votos de la oposición y muchos otros descolgados del propio partido gobernante, un proyecto de ley que pretendía legalizarla y no han faltado en el correspondiente debate parlamentario quien esgrimiera, la acusación de “barbarie contra los animales”, tan defendida en diversos estudios científicos como negada en otros. Hay que decir que ha sido la izquierda política la fuerza que más ha insistido en la primera tesis –la del sufrimiento animal—que en países como Francia o España no parece preocupar al legislador.

Ni que decir tiene que semejante discusión implica la desconfianza que subyace en los países occidentales frente a la creciente exigencia cultural de las minorías inmigrantes que apoyan sin reservas los partidarios del multiculturalismo contra la opinión de quienes preferirían que ese proceso discurriera por el cauce de la integración. Y tampoco que, como adelantábamos anteriormente, la observancia ritual de esas prácticas debe tanto a los intereses creados alrededor del matadero como a la exigencia ortodoxa en un medio social civilizado cuya también creciente preocupación por los alimentos no otorga valor alguno a unas prescripciones rituales, medievales en algún caso, milenarias en otro. Los liberales que gobiernan en Polonia han perdido esta batalla que la izquierda postcomunista considera “una mala noticia para los sádicos”. La guerra, sin embargo, acabarán ganándola éstos, ya lo verán.

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