Cuando escribo estas líneas aún no se ha perpetrado, si es que llega a perpetrarse, el acoso y derribo del Congreso de los Diputados, decidido por un grupo de indignadísimos que piden –por pedir que no quede—la simple disolución de la Cámara y la dimisión del Gobierno en pleno, es decir, hablando en plata, un cambio de régimen, ignoramos hacia dónde. Esto pasa en un país en el que el presidente del Tribunal Supremo, justifica esos acosos de moda que aquí se designan, a la manera lunfarda, como “escraches”, o sea como aquellas baraúndas conque las víctimas de la dictadura argentina acosaban a sus verdugos, porque dice tan encumbrado ropón que acosar en esos términos no es más que usar la libertad de manifestación. Bien, pues nada, adelante, hoy por mí, mañana por ti. El argumento de los acosadores consiste que ellos representan a un millón no sé cuántos mil españoles que los han apoyado, un colectivo sin duda respetable pero muy lejano de los más de nueve millones que respaldan al PP, por poner sólo el ejemplo de la mayoría absoluta. ¿Se dará cuenta la autoridad –de los incontinentes nada pregunto—que lo que se proponen los sitiadores del Congreso, aunque sea en teoría, es de lo más parecido al asalto de Tejero? Ahora dicen que van a “escrachar” también los domicilios de los jueces –tomen del frasco– lo que evidencia su convicción de que la simple ira legitima la acción revolucionaria, digámoslo de una vez con todas sus letras, dado que las revoluciones son de suyo vanguardistas, es decir, constituidas por minorías. Nos hemos deslizado desde la apatía a un radicalismo consentido que, por supuesto, no sabe lo que vale un peine cuando se ejerce contra un régimen con autoridad suficiente.

Estamos padeciendo varios déficit aparte de ése que no nos deja dormir: el de autoridad, el de respeto a las mayorías, el que, en definitiva, abre de par en par la puerta a la autocracia o cuando menos se la deja entreabierta. Con el agravante de que desde la cúpula judicial se jalea a los jacobinos y en el Gobierno legítimo tiembla el pulso cuando más falta hace su firmeza. Un juez dice que acosar a un alcalde en su casa entra en la Constitución, otro que asaltar una finca tampoco es para tanto. Ni se han percatado siquiera de que estos no son conflictos veniales sino un ensayo revolucionario de echar abajo la democracia al que no le falta más que la fuerza suficiente para conseguirlo.

5 Comentarios

  1. Sosiéguese, don Griyo, que todo escrache es mal. ¿Cree usted que los jueces son los culpables de este terremoto que estamos viviendo?

  2. Sí, Señoría, pero la postura del presidente del Tribunal Supremo no tiene nombre. No sé donde vive, pero seguro que se siente blindado.

  3. Esta gente será revolucionaria pero ni siquiera sabe a donde ir ni qué hacer. Y desde luego , en cuanto alguien les haga ‘bu! saldrán corriendo para sus casas. Sólo existen porque nadie se atreve a ejercer el poder.
    Besos a todos.

  4. No están del todo mal estos aldabonazos en las puertas del poder. Aún admitiendo una servil reverencia cuando el poder era otro.

    Pero no está de más hacerse preguntas como dónde estaría Jesús el Galileo o Max Estrella en esta situación.

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