Junto al anuncio del probable triunfo de la derecha pepera recibimos estupefactos la doble imagen de los radicales de Vox justificando a Putin o celebrando con el sátrapa húngaro esa victoria electoral tan mal recibida por la comunidad europea justo cuando consiguen, al parecer, doblar sus expectativas andaluzas. El desastre regional simultáneo de las Izquierdas tradicionales y de las postmodernas ofrece a las derechas, por vez primera, una hegemonía impensable hasta ahora, siempre que los vapores del éxito no embriaguen a unos en el solipsismo y a otros en la radicalidad como acaba de ocurrir en Castilla y León. Si Vox se enroca otra vez en su retroutopía maximalista, esa oportunidad se vería seriamente amenazada y tendría que pechar con un coste electoral seguramente prohibitivo, aparte de ofrecer una soberana demostración de insolvencia ideológica y estratégica.

Claro que si Vox se retrata con Putin y desfila del bracete de Orban, mal legitimado para criticarlo estaría un Gobierno que ha soportado impertérrito a un Vicepresidente proclamando a los cuatro viento su emoción al ver a un policía agredido, ha indultado a los golpistas del separatismo catalán y absuelto sin penitencia a los verdugos de ETA, para terminar traicionando al pueblo saharaui y a la propia ONU. Porque si padecemos hoy en España una ultraderecha no es sino por reacción a la presencia de una ultraizquierda antisistema, emergidas ambas del airón populista presente hoy en el propio Gobierno de la nación. En España nunca lograron las izquierdas radicales imponerse a la relativa moderación propuesta tras la Transición por el PCE y el PSOE como tampoco pudo la ultraderecha sobrevivir al efímero pistolerismo de Fuerza Nueva. Nuestra postmodernidad política sólo se explica por el fracaso de un bipartidismo que no logró definirse entra la carne y el pescado. Mal nos irá si unos y otros no terminan por entender esa paradójica lección que nos ofrece la experiencia.

Por esas razones puede uno alcanzar a comprender que en el amplio arco conservador –reaccionarios incluidos—se alcance a ver el posibilismo liberal como una fuerza irresoluta y enclenque frente a la que se propone otra expeditiva y desacomplejada. Lo que no cabe aceptar es que esa discrepancia se transforme en enemiga hasta el punto de abrir la puerta y entregar el poder a los rivales históricos. Cuesta aceptar que Vox, bravatas aparte, tenga siquiera margen para forzar, con su voto en contra, el fiasco de la mayoría conservadora, ofreciéndole puente de plata a sus genuinas antípodas ideológicas. Realmente, este sufrido electorado que da de comer a unos y a otros merecería mayor seriedad ante las urnas por parte de la oferta política.

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